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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.118

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-Eso de llamarme testarudo no es muy amable por su parte, que digamos. Tout de méme, hágame el favor de hacer lo que le pido, se lo ruego.
Colgó el aparato.
-¿Qué te ha dicho? -pregunté impaciente.
-Que la cajita de oro fue comprada en París. Se pidió por carta a un establecimiento muy conocido, especializado en objetos así. La carta procedía de una supuesta lady Ackerley y la firmaba Constance Ackerley. Naturalmente, no se conoce a ninguna persona de ese nombre. La carta se recibió dos días antes del crimen. La supuesta firmante pedía que pusiesen sus iniciales en rubíes y la inscripción «París, noviembre» debajo. Fue un pedido urgente, que debía estar dispuesto para el día siguiente, o sea, el anterior al del crimen.
-¿Y lo fueron a recoger?
-Sí; pero ya lo habían pagado anticipadamente por giro.
-¿Quién fue a buscarlo? -pregunté excitado. Presentía que estábamos cerca de la verdad.
-Una mujer, Hastings.
-¿Una mujer? -dije sorprendido.
-Mais oui. Una mujer pequeña, de mediana edad y con gafas. Nos miramos contrariados.


CAPÍTULO VEINTICINCO
UN BANQUETE

Al día siguiente fuimos al banquete que daban los Widburn en el Claridge. Ninguno de nosotros dos sentía el menor deseo de ir, pero aquélla era, por lo menos, la sexta invitación que recibíamos de mistress Widburn, y se trataba de una mujer tenaz, a la que le encantaba sentar a su mesa a las celebridades. Impertérrita ante nuestras negativas, nos ofreció al fin que fijásemos nosotros mismos el día que nos conviniera. Ante esto, la capitulación era inevitable, y lo mejor era terminar lo antes posible.
Poirot se había mostrado muy reservado desde que recibió las noticias de París.
A mis observaciones sobre el particular, siempre contestaba lo mismo:
-Hay algo aquí que no puedo comprender -y murmuraba para sí varias veces: «Gafas, gafas en París. Gafas en el bolso de Charlotte Adams.»
Por lo único que me alegró la comida fue porque por lo menos nos serviría de distracción.
Entre los invitados estaba el joven Donald Ross, quien me saludó cordialmente. Había más hombres que mujeres, y a él le correspondió estar a mi lado.
Jane Wilkinson estaba al otro lado de la mesa, y casi enfrente a nosotros, a su lado, se sentaba el joven duque de Merton.
Tal vez me equivoque, pero me pareció que éste no se encontraba muy a gusto. Sin duda, la compañía de los que le rodeaban le debía


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