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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.116

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-Tengo sospechas, naturalmente, algunas sospechas.
-Dígamelas, por favor, dígamelas.
-Podrían ser falsas.
-Entonces es que sospecha usted concretamente de alguien. Poirot movió la cabeza.
-Si supiese un poco más -dijo la joven-, ¡me tranquilizaría tanto! Y tal vez pudiera ayudarle en sus pesquisas. Sí, creo que podría serle de alguna ayuda.
Sus ruegos eran para convencer a cualquiera, pero Poirot continuó negando con la cabeza.
-La duquesa de Merton está completamente convencida de que fue mi madrastra -dijo pensativamente la joven, dirigiendo una interrogadora mirada a Poirot.
Éste se hizo el desentendido.
-Pero ¡yo tengo que descubrir la verdad! -exclamó Geraldine.
-¿Cuál es su opinión respecto a su madrastra?
-La conozco muy poco. Yo estaba en el colegio, en París, cuando mi padre se casó con ella. Cuando llegué a casa se mostró amable conmigo. Mejor dicho, apenas se fijó en mi presencia. Me hizo el efecto de que era una cabeza vacía y sumamente egoísta.
-Ha hablado usted de la duquesa de Merton. ¿La ha visto mucho últimamente?
-Sí. Se ha portado muy bien conmigo. He pasado muchos ratos con ella durante estos últimos quince días. Ha sido terrible para mí tanto comentario, los periodistas, Ronald en la cárcel y todo lo demás -se estremeció-. No tengo verdaderos amigos, pero la duquesa ha sido muy amable, y también su hijo.
La joven calló un momento, esperando algún comentario de Poirot; mas como éste nada dijo, continuó rápidamente:
-Me parece que es muy tímido, muy serio y nada comunicativo. Pero su madre le pone por las nubes; ella debe conocerle mejor que yo.
-Dígame, señorita, ¿quiere usted a su primo?
-¿A Ronald? Desde luego. No le he visto mucho durante los dos años últimos, pero antes vivía en casa. Muchas veces le encontré encantador. Es muy juguetón y siempre está pensando en hacer locuras. ¡Oh! En aquella época nuestra casa era muy distinta.
Poirot asintió amablemente, pero le hizo una observación, que me disgustó por su crudeza.
-No le gustaría verlo ahorcado, ¿verdad?
-¡Oh, no, no! -la muchacha se estremeció violentamente-. No, de ninguna manera; mi madrastra no me importaría tanto. Y debe de ser ella, puesto que la duquesa lo dice.
-¡Ah! -dijo Poirot-. Si por lo menos el capitán Marsh se hubiese quedado en el taxi, ¿verdad?
-Sí; pero ¿qué quiere usted decir? -le miró extrañada-. No le entiendo.
-Que no debió seguir a aquel hombre dentro de la casa.


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