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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.112

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-¡Conque escribiste a Lucy Adams! -dije al dejar la carta sobre la mesa-. ¿Por qué has hecho eso, Poirot? ¿Por qué has pedido el original de la carta?
Estaba sacando el anexo que ya he mencionado.
-En realidad no sabría decírtelo, Hastings; sólo porque podría, tal vez, explicar lo que para mí resulta inexplicable.
-No sé qué podrás sacar del contenido de esa carta. Charlotte misma se la entregó a la camarera para que la echase al correo. No pudo haber ninguna trampa en ella.
-Ya lo sé, ya lo sé. Y esto es lo que hace el caso tan difícil. Porque, Hastings, tal como está redactada, esta carta es absurda.
-Eso es una tontería.
-Sí, sí. Fíjate bien, hay cosas en este asunto que pueden ser; van unidas las unas a las otras con orden y método, de una manera lógica. Pero esta carta resulta incongruente. ¿Quién está equivocado, Hércules Poirot o la carta?
-Desde luego, tú no crees posible que el equivocado sea Hércules Poirot -dije de la manera más delicada que fui capaz. Poirot me reconvino con la mirada.
-A veces, en efecto, me he equivocado; pero no en esta ocasión. La carta parece absurda y lo es... Hay algo en ella que se nos escapa y quiero descubrirlo a todo trance.
Y de nuevo se enfrascó en el examen de la dichosa carta, empleando un pequeño microscopio de bolsillo.
Después de repasarla hoja por hoja, me la entregó. Yo, claro está, no pude advertir nada anormal. Estaba escrita con una letra firme y elegante, y palabra por palabra era la misma que había sido cablegrafiada.
Poirot lanzó un profundo suspiro.
-No hay la menor falsificación: toda está escrita por la misma mano. Pero te digo que esto es incomprensible.
Se levantó, pidiéndome con gesto impaciente la carta. Se la entregué, y de nuevo se enfrascó en su estudio.
De pronto lanzó un grito.
Yo me había apartado de la mesa y estaba mirando la calle por la ventana. Al oír el grito me volví rápidamente.
Poirot parecía agitadísimo. Sus ojos brillaban como los de un felino y le temblaban las manos.
-Fíjate, Hastings; ven aquí, ¡pronto!... Mira.
Me acerqué. Ante él estaba extendida una de las hojas manuscritas. No vi nada raro en ella.
-¿No lo ves? Las demás hojas tienen los ángulos perfectos; son hojas sueltas. Pero ésta no, fíjate; uno de los ángulos se ve que ha sido roto.


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