La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.109
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¿Por qué la sirvienta de miss Adams no ha reconocido esa caja? ¿Por qué tampoco la ha reconocido miss Driver?
-¿Qué quiere usted decir?
-Porque la caja era nueva. Acababa de recibirla. «París, noviembre.» Eso está muy bien; sin duda es la fecha de la cual la caja es un recuerdo, pero la recibió entonces, no antes. Acababa de ser comprada. Investigue esto, se lo ruego, mi buen Japp. Es una contingencia. No fue comprada aquí; algún joyero lo hubiese dicho. Ha sido fotografiada y descrita por todos los periódicos. Sí, sí. En París. O acaso en alguna otra ciudad del extranjero, pero me hace el efecto que ha sido en París. Procure comprobarlo, se lo ruego. Haga las investigaciones necesarias. Estoy deseando saber quién es ese misterioso «D».
-Nada se pierde -dijo Japp-. No siento el menor entusiasmo, pero haré cuanto pueda. Cuanto más sepamos, mejor. Y saludándonos amablemente, se marchó.
CAPÍTULO VEINTITRÉS
LA CARTA
-Ahora -dijo Poirot- vamos a comer -y cogiéndome del brazo añadió, sonriendo-: Renace la esperanza.
Me alegré que hubiera vuelto a su antigua idea. Aunque yo no estaba muy convencido de la culpabilidad del joven Ronald, creí que tal vez se había dejado convencer por las palabras de Japp respecto a lo acertado de sus antiguas observaciones. De ser así, todo lo referente a encontrar al comprador de la cajita de oro no sería más que un simple modo de salvar el orgullo de mi amigo.
Una vez sentados amigablemente en una mesa del restaurante, vi con gran asombro, al otro extremo del salón, a Bryan Martin y a Jenny Driver comiendo juntos. Recordando las palabras de Japp, sospeché un posible idilio amoroso entre ellos.
Al vernos, Jenny movió la mano, saludándonos.
Cuando estábamos tomando el café, Jenny se levantó, y dejando a su compañero vino hacia nuestra mesa. Mostrábase tan vivaz como siempre.
-¿Puedo sentarme y hablar unos instantes con usted, monsieur Poirot?
-¡No faltaba más, señorita! Me alegro de verla. Parece que su amigo no quiere acompañarnos.
-He sido yo quien le ha dicho que no viniese, pues quiero hablarle a usted de Charlotte.
-¡Ah!
-Usted deseaba saber si tenía algún amigo, ¿no es cierto?
-Sí.
-Desde el día que me hizo esa pregunta no he dejado de pensar en ello y han acudido a mi memoria algunas palabras y frases sueltas que, si bien al oírlas por primera vez no les di importancia, al recordarlas ahora me han hecho llegar a una conclusión.
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