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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.101

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Estaba convencido de que no me quería, pero creí que por salvar el honor de su nombre me sacaría del apuro. Antiguamente, según he leído, los hombres solían hacerlo, pero mi tío resultó ser de la más moderna indiferencia respecto a ese concepto caballeresco del honor. Entonces pensé recurrir a Dortheimer, solicitando de él un préstamo. Pero rechacé la idea, porque sabía de antemano lo que iba a pedirme a cambio, y realmente casarme con su hija era para mí una cosa imposible. Cuando todo parecía perdido, me encontré con mi prima en la Opera. Nos habíamos tratado muy poco; pero mientras estuve en casa de su padre, siempre se mostró muy buena conmigo. Le conté lo que me pasaba, aunque ella ya
conocía algo por habérselo oído decir a mi tío. Entonces tuvo un gesto que demostró su generoso carácter; pues para salvarme me ofreció las perlas que había heredado de su madre-Ronald se detuvo; su voz denotaba la emoción que sentía. Si todo aquello era fingido, sería necesario reconocer que era un actorazo-. Acepté la oferta de la bendita muchacha. Con el collar podría obtener el dinero que necesitaba. Le juré que se lo devolvería, aunque tuviese que trabajar día y noche. Como las perlas estaban en su casa, en Regent Gate, pensamos que lo mejor era ir a buscarlas en seguida; por eso salimos del teatro en el entreacto y cogimos un taxi. Nos detuvimos una casa más allá de la de mi tío para evitar que alguien oyese el ruido del coche al detenerse. Geraldine se apeó, y atravesando la calle, se dirigió hacia su casa; como tenía llave, subiría sin hacer ruido a sus habitaciones y me traería las perlas. No era probable que encontrase a nadie; en todo caso a alguna de las criadas, pues miss Carroll, la secretaria de mi tío, acostumbra acostarse a las nueve y media, y mi tío lo más probable era que estuviese en la biblioteca. Mientras aguardaba el regreso de Dina, encendí un cigarrillo y me quedé mirando hacia la casa para verla venir. Y ahora, señores, llego a la parte de mi relato que les parecerá increíble. Mientras esperaba, pasó por mi lado un hombre que, con gran asombro mío, se dirigió a esta casa y, subiendo la escalinata, entró en ella. Tuve la impresión de que había entrado aquí, en el número diecisiete; pero como la distancia era bastante grande, creí que habría sido una confusión mía y que el hombre en cuestión debió de haber entrado en otra casa.


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