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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.46

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Contenía un estuche de maquillaje, unos zapatos de tacón muy alto, un par de guantes grises y, envuelta en un papel de seda, una peluca rubia, maravillosamente hecha, reproducción exacta de la dorada cabellera de Jane Wilkinson, peinada de igual forma, con la raya en medio y rizada por detrás.
-¿Dudas ahora, Hastings? -preguntó Poirot.
Debo decir que había dudado hasta aquel momento; pero a partir de entonces no dudé más.
Poirot cerró de nuevo la caja y se volvió hacia la camarera.
-¿No sabe usted con quién comió anoche miss Adams?
-No, señor.
-¿Tampoco sabe con quién cenó y tomó el té?
-Del té no sé nada; pero sé que comió en compañía de miss Driver.
-¿Miss Driver?
-Sí; una gran amiga suya. Tiene una tienda de sombreros en Moffat Street, junto a Bond Street. Se llama «Genoveva».
Poirot anotó la dirección en su block de notas, debajo de la del doctor.
-Otra cosa, señora ¿Puede usted recordar algo de lo que miss Adams dijo o hizo cuando volvió a las seis? Quiero decir, algo que le pareciese a usted extraño.
La camarera quedó pensativa unos momentos.
-No puedo decírselo -concluyó-. Sólo recuerdo que, al preguntarle si quería tomar té, me contestó que ya lo había tomado.
-¡Ah! ¿Dijo que ya lo había tomado? -interrumpió Poirot-. Pardon, continúe.
-Después estuvo escribiendo cartas hasta la hora de acostarse.
-¿Conque estuvo escribiendo cartas? ¿Sabe usted a quién?
-Sí, señor. Una de ellas era para su hermana, que vive en Washington. Le escribía dos veces por semana. Su intención fue llevársela y echarla al correo para que pudiese salir en seguida, pero se olvidó.
-Entonces, ¿está todavía aquí?
-No, señor. La he echado ya al correo. La señorita se acordó de ella anoche, en el mismo momento de irse a la cama. Entonces le dije que la echaría yo hoy a primera hora; añadiendo otro sello y echándola en el buzón de las cartas urgentes, era lo mismo que si la hubiese echado ayer.
-¡Ah! Y ese buzón, ¿está lejos?
-No, señor. Está aquí mismo, en la esquina.
-¿Cerró la puerta del piso cuando salió?
Miss Bennet le miró, asombrada.
-No, señor. La dejé entornada, como hago siempre que voy a Correos.
Me pareció que Poirot iba a hablar, pero se contuvo.
-¿Quieren ustedes ver a la pobre señorita? Verán qué bonita está.
Y nos condujo a la alcoba


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