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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.45

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» Pero, de pronto, bostezó y dijo: «No puedo más, estoy rendida», y, colgando el aparato, empezó a desnudarse.
-¿Se acuerda usted del número que pidió? Vamos, trate de recordarlo. Puede ser muy importante.
-Lo siento, pero no puedo decírselo. Sé que era un número de Victoria, pero es lo único que recuerdo. Mi cabeza no retiene nada.
-¿Comió o bebió algo la señorita antes de acostarse?
-Un vaso de leche caliente, como hacía a menudo.
-¿Quién se lo preparó?
-Yo misma.
-¿Y no entró nadie en el piso anoche?
-Nadie.
-¿Y durante el día?
-Tampoco entró nadie, que yo recuerde. Miss Adams comió y tomó el té fuera de casa; volvió hacia las seis.
-¿A qué hora trajeron la leche? Me refiero a la que tomó por la noche.
-Por la tarde. El muchacho que la trae la dejó fuera a las cuatro. Pero creo que no había nada malo en ella. Yo la he tomado esta mañana con té. Además, el médico dice que fue ella misma quien debió de tomarlo.
-Quizá esté yo equivocado; es muy posible -dijo Poirot-. Necesito ver al doctor -y añadió-: ¿Sabe usted si miss Adams tenía enemigos? En América las cosas son muy distintas.
La buena Alice dudaba; pero, al fin, mordió el anzuelo.
-¡Oh!, ya lo sé. Ya he leído las cosas que hacen en Chicago los pistoleros. Debe de ser un país malísimo. Yo no sé lo que hace allí la Policía. No debe de ser igual que la nuestra.
Poirot asintió amablemente, satisfecho de que el ingenuo patriotismo de Alice Bennet le librase de tener que darle una explicación.
De pronto, Poirot se fijó en una caja de vestidos que estaba sobre una silla.
-¿Está dentro de esta caja -dijo, señalando con la mano- la ropa que llevaba miss Adams cuando salió la última noche?
-Se la puso por la mañana, pero no la traía puesta cuando regresó a la hora del té. En cambio, vino con ella por la noche.
-¡Ah! ¿Me permite usted abrirla?
Alice Bennet estaba dispuesta a consentirlo todo. Era la mujer más prudente y suspicaz del mundo; pero, una vez disipada su desconfianza, se la manejaba como a un niño.
La caja no estaba cerrada con llave. Poirot la abrió. Yo me adelanté para mirar por encima de su hombro.
-¿Lo ves, Hastings, lo ves? -murmuró excitado.
Lo que había dentro de la caja era realmente interesante.


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