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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.44

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No era como la mayoría de las artistas. Parecía una verdadera señorita. Tenía unos gustos muy refinados y le gustaba todo lo exquisito.
Poirot escuchaba con simpatía y atención, sin demostrar la menor impaciencia. Comprendía que la amabilidad es el medio mejor para obtener los informes que uno desea.
-Debe de haber sido un golpe terrible para usted.
-¡Ya lo puede usted decir, señor! Entré aquí con el té a las nueve y media, como hago cada día, y estaba acostada. Pensé que dormía aún. Entonces puse la bandeja sobre una mesa y descorrí las cortinas, una de cuyas anillas se enredó y tuve que tirar más fuerte. Hice bastante ruido. Miré hacia la cama y me sorprendió que no se hubiera movido. Fue en aquel momento cuando me pareció notar algo raro y me acerqué a ella, tocándole la mano. Estaba helada como el mármol. Salí de aquí gritando.
Se detuvo. Sus ojos se le habían llenado otra vez de lágrimas.
-Realmente -dijo Poirot-, debe de haber sido terrible para usted. ¿Tomaba a menudo drogas para dormir miss Adams?
-De cuando en cuando tomaba para el dolor de cabeza unas tabletas que están en un tubo. Pero debieron de ser de otra clase las que tomó anoche, según dijo el doctor.
-¿Vino a verla alguien anoche? ¿Tuvo alguna visita?
-No, señor. Pasó la velada fuera de casa.
-¿Le dijo acaso adonde iba?
-No, señor; salió cerca de las siete.
-¡Ah! ¿Puede decirme cómo iba vestida?
-Llevaba traje y sombrero negros.
Poirot me miró.
-¿Llevaba alguna joya?
-Solamente el collar de perlas que usaba siempre.
-Y los guantes..., ¿eran grises?
-Sí, señor.
-Muy bien. Ahora explíqueme el aspecto que tenía: ¿estaba alegre, animada, triste, nerviosa?
-Me pareció que estaba de buen humor por algo que no me dijo. Se reía sola, como si pensase en algo alegre.
-¿A qué hora volvió?
-Poco después de las doce.
-¿Tenía el mismo aspecto que al salir?
-Parecía cansadísima.
-Pero ¿no trastornada o angustiada?
-¡Oh, no! A mí me pareció que seguía estando alegre. Trató de telefonear a alguien, pero al fin lo dejó para hoy por la mañana, porque no podía más.
-¡Ah! -exclamó Poirot, cuyos ojos brillaron excitados. Dio un paso hacia adelante y preguntó, cambiando de tono-: ¿Oyó usted el nombre de la persona a quien quiso telefonear?
-No, señor. Sólo pidió el número y esperó; la central debió de decirle que trataba de que contestase y oí que replicaba: «Muy bien.


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