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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.39

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-Ni un cigarrillo, ni huellas de pies ni un guante de señora, ni un perfume, nada de lo que tan necesario es a los detectives de novela -dijo Poirot sonriendo.
-La policía es siempre ciega en las novelas policíacas -dijo Japp con un gesto.
Yo quise dar cuenta a mi amigo del resultado de su encargo.
-Todo va bien. Poirot. He vigilado, pero nadie nos espiaba, al parecer.
-Los ojos de mi amigo Hastings son terribles -dijo Poirot con cierta burla y añadió-: Oye, ¿te has fijado en la rosa que llevaba yo en la boca?
-¿Una rosa en la boca? -pregunté con asombro. Japp se volvió, riendo a carcajadas.
-¿Es que quiere usted volverme loco, Poirot? ¿Una rosa? ¿Para qué?
-Nada; tenía la pretensión de parecerme a Carmen -dijo Poirot muy tranquilo.
Les miré, no sabiendo si estaban locos ellos o si lo estaba yo.
-¿No te has fijado, Hastings? -dijo Poirot en tono de reproche.
-No -contesté-. Desde mi observatorio no podía veros la cara.
-¿No? ¡Qué lástima!
Movió la cabeza suavemente. ¿Se estaba burlando de mí?
-Bueno -dijo Japp-. Creo que ya no tenemos nada que hacer aquí; pero, de ser posible, me gustaría ver de nuevo a la hija de lord Edgware.
Tocó el timbre para llamar al mayordomo, a quien ordenó:
-Pregúntele a miss Marsh si puedo verla un momento.
No fue el criado, sino miss Carroll quien entró a los pocos momentos.
-Geraldine está descansando -dijo-. La pobrecilla ha sufrido una gran conmoción. Cuando usted se marchó le di algo para hacerla dormir, y hasta dentro de una o dos horas sería mejor no despertarla.
Japp se mostró conforme.
-De todas maneras, todo lo que ella pueda decirles se lo puedo decir yo -añadió la secretaria firmemente.
-¿Qué opinión tiene usted del mayordomo? -preguntó Poirot.
-No me es nada simpático, la verdad -replicó miss Carroll-; pero no sabría decirle por qué.
Habíamos llegado a la puerta de la calle.
-Anoche, cuando vino lady Edgware, estaba usted ahí arriba, ¿verdad? -dijo de pronto Poirot, indicando con el dedo el piso superior.
-Sí. ¿Por qué?
-¿Y afirma usted que vio a lady Edgware entrar y dirigirse, a lo largo del vestíbulo, hacia la biblioteca?
-Sí.
-¿Y vio usted su rostro claramente?
-Ya le he dicho que sí.
-Sin embargo, usted no pudo ver su rostro, señorita. Desde donde usted estaba sólo podía ver la parte superior de la cabeza.


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