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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.38

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Había otra, además; pero el capitán Marsh la perdió.
-¿Viene mucho por esta casa el capitán Marsh?
-Vivió aquí hasta hace tres años.
-¿Por qué se marchó? -preguntó Japp.
-No lo sé; creo que no se llevaba bien con su tío.
-Me parece que sabe usted algo más de lo que nos dice, señorita
-dijo Poirot gentilmente.
Ella le echó una rápida mirada.
-No soy amiga de chismes -respondió.
-Pero puede usted contarnos lo que haya de verdad en los rumores que han circulado acerca de las desavenencias entre lord Edgware y su sobrino.
-No era tanto como se dice. Lo que pasa es que lord Edgware era un hombre con quien resultaba difícil convivir.
-¿Usted también lo cree así?
-No hablo por mí; yo nunca tuve el menor tropiezo con lord Edgware. Conmigo fue siempre muy sociable.
-Pero el capitán Marsh...
Poirot clavó los ojos en ella, tratando de sacarle otras revelaciones.
Miss Carroll encogióse de hombros.
-El capitán era un hombre extravagante. Se llenó de deudas. Hubo, además, alguna otra cosa, no sé exactamente qué, y entonces lord Edgware le echó de casa. Eso es todo.
Cerró la boca firmemente, sin duda dispuesta a no añadir ni una sola palabra.
La habitación donde sostuvimos el interrogatorio estaba en el primer piso. Al salir de ella, mi amigo me cogió del brazo.
-Un momento, Hastings, ¿quieres hacer el favor de quedarte aquí? Voy a bajar con Japp. Tú no te muevas hasta que hayamos entrado en la biblioteca.
Le hubiera preguntado algo, pero supuse que no me contestaría, como hacía siempre. Probablemente sospechaba que el mayordomo andaba espiando y quería estar seguro de si era o no verdad.
Permanecí allí mirando a través de la barandilla de la escalera. Poirot y Japp se dirigieron, en primer lugar, a la puerta de la calle, fuera del alcance de mi vista, y luego reaparecieron andando lentamente a lo largo del vestíbulo. Les seguí con los ojos hasta que estuvieron dentro de la biblioteca. Esperé uno o dos minutos más, por si acaso aparecía el criado, pero no dio la menor señal de su presencia. Entonces bajé a mi vez la escalera y me reuní con ellos.
El cadáver, como es de suponer, no estaba allí. Habían corrido las cortinas y la luz estaba encendida. Poirot y Japp, en pie en medio de la habitación, miraban a su alrededor detenidamente.
-No hay nada -decía Japp.


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