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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.33

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Nosotros también nos despedimos, pero lady Edgware llamó a Poirot.
-Óigame, ¿querría usted hacerme un favor?
-Estoy a sus órdenes, señora.
-¿Quiere enviar un cablegrama en mi nombre al duque, en París? Está en el hotel Crillon. Es necesario que se entere de todo esto y es mejor que no lo envíe yo misma, porque durante unos días debo comportarme como una viuda desconsolada.
-No veo la necesidad de enviar ningún cable, señora -dijo Poirot amablemente-. Ya leerá el suceso en los periódicos.
-¡Oh, qué cabeza! Sí, sí, es mucho mejor no cablegrafiar. Debo preocuparme de mi reputación, ahora que todo va bien, y portarme como una viuda lo más dignamente posible. No sé si enviar para el entierro un ramo de orquídeas; son las flores más caras. También supongo que tendré que asistir al funeral.
-Antes, señora, tendrá usted que ir al Juzgado.
-No me es nada simpático ese inspector de Scotland Yard; me ha dado un susto de muerte.
-¡Ah! ¿Sí?
-Fue para mí una verdadera suerte cambiar de parecer y asistir, por fin, a la fiesta.
Poirot, que estaba ya cerca de la puerta, se detuvo al oír aquellas palabras.
-¿Qué dice usted? ¿Que cambió de parecer?
-Sí; anoche tenía una jaqueca horrible.
Parecía como si Poirot tratase, inútilmente, de tragarse algo.
-¿Le dijo usted eso a alguien?
-Sí. Estábamos reunidos unos cuantos amigos a la hora del té y me pidieron que fuese con ellos a tomar un combinado. Yo les dije: «No puedo. Mi cabeza va a estallar, me voy a casa, y ni siquiera pienso ir a la fiesta de Corner.»
-¿Qué fue lo que le hizo luego cambiar de parecer?
-Ellis me obligó a ir, diciéndome que no debía faltar a aquella fiesta, pues sir Montagu es un personaje que se enfada por cualquier nimiedad. ¡Ah! En cuanto me case con Merton, me veré libre de todo esto. La pobre Ellis, siempre atenta a mis intereses, insistió en que era un verdadero error no asistir a la fiesta. Hasta que me convenció y fui.
-Tiene usted una deuda de gratitud con Ellis, señora.
-¡Ya lo creo! El inspector se marchó furioso, ¿verdad? -dijo, riéndose.
Poirot, muy serio, contestó:
-De todos modos, hay motivo para ello.
-¡Ellis! -llamó Jane.
La camarera entró.
-Mira lo que dice monsieur Poirot: que fue una verdadera suerte que me hicieras ir a la fiesta anoche.
Ellis miró seriamente a Poirot, al mismo tiempo que decía:


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