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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.31

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-¿Cómo lo sabe usted?
-Lo ignoro; seguramente me lo diría alguien.
-Es una verdadera lástima -murmuró Poirot, pensativamente. Japp le miraba con curiosidad.
-No le entiendo a usted; parece como si no creyese en la culpabilidad de esa mujer.
-No, no, mi buen Japp; no me inclino en favor de nadie; pero, realmente, el presente caso es desconcertante, subleva la inteligencia.
-¿Qué quiere usted decir con eso de «subleva la inteligencia»? A la mía no le pasa nada.
Presentí las palabras que estaban a punto de brotar de los labios de Poirot, pero no salieron.
-Nos encontramos ante una mujer que, según dice usted, desea deshacerse de su marido. De esto no cabe la menor duda. Ella misma me lo confesó a mí francamente. Eh bien, ¿qué pensaba hacer? Repitió varias veces en voz alta y ante testigos que lo mataría, y una noche se dirige a casa de su marido, se anuncia por su verdadero nombre, le apuñala y se va. ¿Cómo calificaría usted un hecho así? ¿Tiene el más leve sentido común?
-Realmente es una locura.
-¿Locura? Es la quintaesencia de la imbecilidad.
-Bueno -dijo Japp-, el que los criminales pierdan la cabeza es una ventaja de la Policía -hizo una pequeña pausa, y en seguida terminó-: Ahora debo irme al Savoy.
-¿Me permite usted que le acompañe?
El inspector no opuso el menor reparo y salimos. Bryan se despidió de nosotros. Parecía muy nervioso. Nos pidió encarecidamente que no lo hiciésemos intervenir para nada en aquel asunto.
-¡Qué hombre más impresionable! -contestó Japp.
Poirot asintió.
En el Savoy encontramos a un caballero, excesivamente ceremonioso, que acababa de llegar, con quien subimos a las habitaciones de Jane Wilkinson. Japp habló con uno de sus agentes.
-¿Nada? -le dijo, lacónico.
-Ha telefoneado.
-¿A quién? -preguntó el inspector con ansiedad.
-A «Jay», para los trajes de luto.
Japp suspiró. Entramos en la habitación.
La viuda, lady Edgware, se estaba probando distintos sombreros ante el espejo. Llevaba un traje muy cinematográfico en blanco y negro. Nos acogió con su deslumbradora sonrisa.
-¿Cómo, monsieur Poirot? ¿Qué le trae a usted por aquí? Hola, míster Maxon -añadió, dirigiéndose al abogado-; me alegro de que haya usted venido tan pronto. Aconséjeme sobre las preguntas que deba o no contestar. Este señor -señaló a Japp- parece creer que yo he ido esta mañana a matar a George.
-Ayer noche, señora -rectificó el inspector.
-Me dijo usted que había sido a las diez de la mañana.


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