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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.20

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Yo recordé el estremecimiento de Jane Wilkinson al hablar de su marido. Aquello no fue fingido, no. Me hubiese gustado saber exactamente qué clase de hombre era George Alfred Saint Vincent Marsh, cuarto barón de Edgware.
Mientras nos despedía, tocó el timbre. En el vestíbulo nos aguardaba el apolíneo criado. Al ir a cerrar tras de mí la puerta de la biblioteca, eché una última ojeada a la estancia y hube de contener una exclamación. El suave y sonriente rostro del aristócrata se había transfigurado. Con los labios cerrados y los ojos centelleantes, tenía una terrible expresión de furor, y ya no me extrañó que dos mujeres le hubiesen abandonado. Lo que sí me maravillaba era el gran dominio que tenía de sí mismo, hasta el punto de haber soportado aquella entrevista con tanta corrección.
Cuando llegamos a la puerta principal, a la derecha del vestíbulo abrióse una puerta. Una joven apareció en el umbral de una habitación; pero, al vernos, retrocedió.
Era una muchacha alta, de cabellos negros y rostro pálido. Sus asustados ojos negros se clavaron un momento en los míos. Luego, como una sombra, se hundió otra vez en la habitación y cerró tras sí la puerta.
Poco después estábamos en la calle. Poirot hizo detener un taxi, subimos a él y ordenó al chófer que nos condujese al Savoy.
-Bueno, Hastings -me dijo-, esta entrevista no ha resultado como esperábamos.
-Es verdad. ¡Qué hombre más extraordinario es ese lord Edgware! Y le conté a renglón seguido lo que había visto al mirar por última vez hacia la biblioteca.
Mi amigo movió la cabeza, lenta y pensativamente.
-Me parece que está al borde de la locura, Hastings. Me hace el efecto de que tiene vicios raros y de que bajo su fría apariencia oculta una gran crueldad.
-No me asombra que le hayan abandonado sus dos mujeres.
-Ni a mí tampoco.
-Oye, Poirot, ¿has visto, al salir, a una muchacha muy pálida, de cabellos negros?
-Sí, mon ami; una joven que parecía muy asustada. Su aspecto no era de ser muy feliz.
Su voz tenía un tono grave.
-¿Y quién supones que será? -pregunté.
-Probablemente, su hija. Lord Edgware tiene una hija.
-Parecía aterrorizada -dije lentamente-. Esa casa es un lugar muy tenebroso para una muchacha.
-Verdaderamente. ¡Ah!, ya hemos llegado, mon ami Ahora, a poner en conocimiento de lady Edgware la feliz noticia


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