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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.19

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-¡Qué cosa más rara! -murmuró Poirot-. En todo esto hay algo que no entiendo.
-Respecto al dinero -siguió lord Edgware-, no pienso hacer ningún arreglo. Mi mujer me abandonó por su gusto; si ahora quiere casarse con otro, por mí puede hacerlo; pero no veo ninguna razón para que tenga que darle un céntimo.
-No se trata de ningún convenio financiero.
Lord Edgware le miró.
-¡Ah!, entonces es que Jane se casa, sin duda, con un rico -murmuró.
-En todo esto hay algo que no entiendo -repitió Poirot. Estaba perplejo y las arrugas de su rostro denotaban el esfuerzo que hacía por comprender-. Creo haber oído decir a lady Edgware que trató varias veces de comunicarse con usted por medio de abogados.
-En efecto -asintió secamente lord Edgware-, me mandó abogados ingleses, americanos... En fin, últimamente me han visitado abogados de todas clases, hasta que, por último, ya se lo he dicho a usted, me escribió ella misma.
-Antes, ¿se había usted negado siempre?
-Sí.
-¿Y dice usted que al recibir su carta cambió de pensamiento? ¿A qué fue debido ese cambio, lord Edgware?
-En modo alguno a la carta -dijo secamente-. Mi manera de ver el asunto había variado. Eso es todo.
-Fue un cambio súbito.
Lord Edgware no replicó.
-¿Qué motivo especial le hizo cambiar de parecer, lord Edgware?
-Eso, monsieur Poirot, no le interesa a nadie más que a mí. Prefiero no hablar de este asunto. Únicamente diré que poco a poco me fui dando cuenta de las desventajas que para mí presentaba lo que podríamos llamar..., perdóneme la expresión, una unión degradante. Mi segundo matrimonio fue una equivocación, ya se lo he dicho a usted.
-Eso mismo piensa su esposa -dijo Poirot suavemente.
-¡Ah! ¿Sí?
Un extraño brillo cruzó por sus ojos, pero en seguida volvió a su expresión normal.
Se levantó, y mientras nos despedíamos, sus maneras se suavizaron.
-Les ruego que me perdonen por haber alterado la visita, pero mañana mismo debo salir hacia París.
-¡Oh, no faltaba más!
-Se trata de una subasta de verdaderas obras de arte. Tengo puestos los ojos en una estatuilla..., algo perfecto, una verdadera maravilla en su estilo..., tal vez de un gusto un poco macabro, pero no puedo remediarlo, adoro lo macabro, me ha atraído siempre. Mis gustos, como ustedes ven, son ciertamente un poco originales.
Antes que él dijese esto, ya había yo pasado revista a los libros de su biblioteca que estaban próximos a mí: las Memorias de Casanova, un volumen sobre el marqués de Sade y otro referente a las torturas medievales.


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