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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.17

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- Muy bien -dijo la frágil voz-. Quedamos en que a las doce y cuarto de esta mañana.
Y colgó el aparato.


CAPÍTULO CUATRO
UNA ENTREVISTA

Llegamos a la casa de lord Edgware, en Regent Gate. Yo me encontraba en un estado expectante. Aunque no sentía, como Poirot, gran admiración por los problemas psicológicos, las pocas palabras que pronunció lady Edgware respecto a su marido habían despertado mi curiosidad y ansiaba juzgarle por mí mismo.
La mansión del noble lord era un edificio imponente, de bella construcción, algo sombrío. Las ventanas que daban a la fachada carecían de superfluos adornos.
Nos abrió en seguida la puerta, no un anciano criado de cabellos blancos, que hubiese estado en armonía con el exterior de la casa, sino uno de los jóvenes más agradables que jamás había visto. Alto y admirablemente proporcionado, un escultor hubiese hallado en él el digno modelo de Kermes o de Apolo. Mas, a pesar de su agradable aspecto, había cierto afeminamiento en su voz que me desagradó. Al mismo tiempo, no sé por qué, no podría precisarlo, algo en él me recordó vagamente a alguien, alguien a quien había visto hacía mucho tiempo, pero que me era imposible recordar.
Preguntamos por lord Edgware.
-Por aquí, señores.
Le seguimos a lo largo del vestíbulo, pasamos ante la escalera y continuamos hacia una puerta que había al final. Abrióla y nos anunció con aquella voz suave que tanto me desagradaba.
La habitación en que entramos era una especie de biblioteca. Las paredes estaban atestadas de libros; el decorado, un poco sombrío, era agradable, y las sillas, imponentes, aunque no tenían nada de cómodas.
Lord Edgware se había levantado para recibirnos. Era un hombre de unos cincuenta años, alto, el cabello negro mezclado de gris, el rostro enjuto y la boca algo burlona. Tenía el aspecto de ser hombre de mal genio. Sus ojos miraban de una manera que parecían ocultar algo. En realidad, eran unos ojos muy extraños. Sus maneras eran suaves y ceremoniosas. !
-¿Monsieur Hércules Poirot y el capitán Hastings? Hagan el favor de sentarse.
Obedecimos. La habitación era fría; por la única ventana que había en ella entraba la luz tenuemente, y la oscuridad contribuía a enfriar la atmósfera
Lord Edgware cogió de sobre su mesa la carta escrita por mi amigo.
-Desde luego, conozco su nombre y su fama, monsieur Poirot.


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