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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.13

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-El caso es que no puedo decirles tanto como yo quisiera -dudó un momento-. Es algo difícil. Verán, el suceso tuvo lugar en América
-¿En América?
-Un simple incidente atrajo mi atención. Es el caso que, viajando en tren en una ocasión, observé a cierto sujeto. Era un joven de aspecto desagradable, completamente afeitado, que llevaba lentes y un diente de oro.
-¡Ah! ¿Un diente de oro?
-Exactamente. Esa es la clave del suceso. Poirot movió la cabeza.
-Comprendo; siga usted.
-Como le decía, me fijé por primera vez en aquel joven en un viaje a Nueva York. Seis meses después, estando en Los Ángeles, volví a ver otra vez al individuo en cuestión. No sé cómo fue, pero el hecho es que me fijé en él. Un mes más tarde tuve necesidad de ir a Seattle, y a poco de llegar allí, lo primero que veo es a mi amigo, sólo que aquella vez lucía una hermosa barba.
-Muy curioso.
-¿Verdad que sí? Claro está que entonces no se me ocurrió que semejante sujeto tuviese nada que ver conmigo; pero cuando vi a mi hombre otra vez en Los Ángeles, sin barba; en Chicago, con bigote y las cejas distintas, y en un pueblo de las montañas disfrazado de vagabundo, entonces empecé a sospechar.
-No era para menos
-No cabía la menor duda de que me seguía.
-Desde luego.
-Dondequiera que fuese, allí estaba junto a mí, como mi sombra, mi perseguidor con distintos disfraces; pero afortunadamente, gracias al diente de oro, siempre le reconocía.
-Una verdadera fortuna ese diente de oro.
-¡Ya lo creo!
-Perdone, míster Martin, ¿habló usted alguna vez con aquel hombre? ¿Le preguntó la causa de su persistente persecución?
-No, no lo hice -el actor dudó un momento-. Estuve tentado de hacerlo dos o tres veces, pero no me decidí. Creí que lo único que lograría con ello sería ponerlo en guardia, sin conseguir nada en absoluto. Seguramente, en cuanto ellos se hubiesen dado cuenta de que le había descubierto, hubiesen hecho que me siguiera otro, otro a quien no me fuese posible reconocer.
-En effet, otro sin ese utilísimo diente de oro.
-Exactamente. Quizá me equivoqué, pero yo lo consideré mejor así.
-Un momento, míster Martin. Usted ha aludido a «ellos» hace un momento. ¿A qué «ellos» se refiere usted?
-Es una simple forma de expresión mía, aunque presiento, no sé por qué, de un modo vago, que «ellos» existen en el fondo de ese suceso.


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