La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.7
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-¿Tiene usted necesidad de vivir en Inglaterra, lady Edgware?
-Sí.
-¿Con quién piensa casarse?
-Con el duque de Merton.
Me quedé asombrado. El duque de Merton era la desesperación de las madres casamenteras. Era un joven de tendencias románticas, ferviente católico, y estaba dominado completamente por su madre, la duquesa viuda. Aquel joven se dedicaba, como distracción principal, a coleccionar porcelanas chinas, y nunca se había fijado en una mujer.
-Estoy enamoradísima de él -continuó Jane-. Es completamente distinto a todos los hombres que he encontrado hasta ahora; parece un monje de leyenda. Además tiene un palacio maravilloso -se detuvo un momento y siguió-: En cuanto me case dejaré el teatro para siempre.
-Pero por ahora -dijo Poirot- lord Edgware es una barrera para
todos esos ensueños.
-¡Oh, sí!, y eso me vuelve loca -se inclinó pensativa-. Si al menos estuviésemos en Chicago, podría hacerle «despachar» fácilmente; pero aquí es imposible encontrar un pistolero.
-Aquí -dijo Poirot- creemos que todo ser humano tiene derecho a la vida.
Se oyó un golpe en la puerta y entró un camarero con las bandejas de la cena. Jane Wilkinson siguió discutiendo como si no hubiese nadie.
-Claro que yo no voy a pedirle que le mate.
-Merci, madame.
-Yo pensaba que usted podría ir a discutir hábilmente con él hasta meterle en el cerebro la idea del divorcio. Eso creo que lo lograría
usted.
-Me parece que exagera mi poder de persuasión, señora.
-No; y estoy segura de que usted hará algo -se inclinó ávidamente hacia adelante, con sus azules ojos muy abiertos- por mi felicidad, ¿verdad?
-Me gustaría poder hacer la felicidad de todo el mundo -dijo Poirot.
-Sí; pero yo no le pido que haga la de todo el mundo; yo sólo pienso en mí.
-Me parece que usted siempre ha pensado así -dijo Poirot, sonriendo.
-¿Me cree usted acaso egoísta?
-¡Oh!, no digo eso, señora.
-Si antes he hablado así es porque no quiero ser desgraciada. Lo único que quiero es que me conceda el divorcio o que se muera. En
realidad -dijo pensativamente-, sería mejor que se muriese; así me vería antes libre de él -miró a Poirot, como si esperase su asentimiento-. Querrá usted ayudarme, ¿verdad, monsieur Poirot? -se puso en pie y cogió su blanco abrigo. Se oían voces en el corredor. La puerta estaba entreabierta-. Si usted no quiere...
-Y si yo no quiero, ¿qué pasará? Se echó a reír.
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