La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.5
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-Me parece que has hecho una conquista, Poirot. La hermosa lady Edgware no te quita ojo.
-Sin duda le habrán dicho quién soy -dijo Poirot, aparentando modestia.
-Me parece que es por tu famoso bigote. Debe de estar asombrada de su belleza.
Poirot se lo acarició, sonriendo:
-Realmente, es único, amigo mío; «el cepillo de dientes», como tú dices, a veces causa efectos sorprendentes.
-¡Caramba! Lady Edgware se levanta, al parecer, con intención de hablarnos, Bryan Martin se opone, pero ella no le hace caso.
Jane Wilkinson se había levantado impetuosamente de su silla y venía hacia nosotros. Poirot se puso en pie y yo hice lo mismo.
-Es usted monsieur Hércules Poirot, ¿verdad? -preguntó con su armoniosa voz.
-Servidor de usted, señora
-Monsieur Poirot, deseo hablarle, necesito hablarle.
-Estoy a sus órdenes. ¿Quiere usted sentarse?
-No; aquí, no. Quisiera hablarle reservadamente... Podemos subir a mis habitaciones.
Bryan Martin se había acercado a nosotros y dijo, riendo:
-Espera un poco, Jane; ten en cuenta que estamos a medio cenar.
-¿Y eso qué importa, Bryan? Pueden subirnos la cena a mis habitaciones, ordénalo tú mismo y... Oye, Bryan...
Fue tras él y le dijo algo en voz baja. Mientras hablaban miraron varias veces hacia donde estaba Charlotte Adams, por lo que supuse que se ocupaban de ella.
Después, Jane vino hacia nosotros, radiante.
-Ahora ya podemos irnos arriba -dijo.
La idea de que nosotros podríamos no aceptar su invitación ni siquiera pasó por su cerebro.
-Ha sido una suerte que le viese a usted esta noche -dijo mientras nos dirigíamos al ascensor-. Parece mentira lo bien que me salen a mí las cosas. Estaba preocupada con lo que debía hacer, y de repente le veo a usted en la mesa próxima y me digo: «Monsieur Poirot me aconsejará» -se detuvo para decir al encargado del ascensor-: Segundo piso.
-Si en algo puedo serle útil... -empezó Poirot.
-Estoy segura de que usted puede serme de gran utilidad; he oído decir que usted es el hombre más maravilloso que existe. Yo creo que es el único que puede sacarme del enredo en que estoy.
Llegamos al segundo piso, y siguiendo el corredor se detuvo ante una de las habitaciones más lujosas del Savoy.
Abandonó sobre una de las sillas su blanco abrigo y se dejó caer en una butaca
-¡Oh! -exclamó-, de una manera u otra quiero verme libre de mi marido
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