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La mina perdida (Agatha Christie) - pág.6

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Y figúrese, ¡todo eso le divertía! Los ingleses están locos ¡de veras! Se empeñó también en efectuar algunos cambios en mi indumentaria. Se lo permití. ¿Acaso se puede razonar con un maniático? Salimos... después de todo ¿podía dejarle ir solo, a un niño disfrazado como para un carnaval?
-No, desde luego -contesté yo.
-Prosigo. Llegamos a la taberna. El señor Pearson conversaba en un inglés de lo más extraño. Se imaginaba ser un hombre de mar. Hablaba de «boca de lobo» y «castillos de proa» y qué sé yo. El lugar era una sala pequeña, repleta de chinos. Comimos platos muy peculiares. Ah, Dieu, mon estomac! -Poirot acarició esta parte de su anatomía antes de continuar-. Entonces se acercó a nosotros el propietario, un chino de sonrisa malévola.
-Ustedes, caballelos no gustal comida aquí -dijo-. Ustedes venil pol algo gustal más. Pipa leposo, ¿eh?
El señor Pearson me propinó un fuerte puntapié por debajo de la mesa (¡llevaba también botas de marinero!), y dijo:
-Por mí no tengo inconveniente, John. Guíenos.
El chino sonrió y nos condujo a una bodega, en ella abrió una trampilla y nos hizo bajar unos peldaños y subir otros hasta una estancia llena de divanes y almohadones muy cómodos. Nos tumbamos y un muchacho chino nos quitó las botas. Fue el momento más agradable de la noche. Entonces nos trajeron las pipas y calentaron las bolitas de opio; nosotros simulamos fumar y luego dormir y soñar. Pero en cuanto estuvimos solos, el señor Pearson me llamó quedamente, y acto seguido empezó a arrastrarse por el suelo. Entramos en otro cuarto donde dormía más gente, y así proseguimos hasta que oímos a dos individuos que charlaban. Ocultos detrás de una cortina, escuchamos. Estaban hablando de Wu Ling.
-¿Qué pasa con los papeles? -dijo uno de ellos.
-Señor Lestel tomal papeles -contestó el otro, un chino-. Él decil, ponel papeles en lugal segulo... donde policía no encontlal.
-Ah, pero está en chirona -repuso el otro.
-El lible. La policía no estal segula que él hacel.
Siguieron charlando un rato más sobre lo mismo, hasta que nos pareció que los dos individuos se dirigían hacia donde nos hallábamos, y nos apresuramos a volver a los divanes.
-Sería mejor que nos largáramos de aquí -dijo Pearson, al cabo de unos minutos-. Este lugar es peligroso.
-¡Dice usted bien, monsieur! -convine-. Es hora de acabar con esta comedia.


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