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La mina perdida (Agatha Christie) - pág.5

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Se llevó a cabo un registro de sus efectos personales, pero no se encontró documento alguno relacionado con la mina. El propietario del antro fue a su vez detenido, pero un rápido registro del local dio un resultado infructuoso. Ni siquiera se encontró un palito de opio para recompensar el celo de la policía.
Mientras tanto, mi amigo, el señor Pearson, se hallaba en un estado de gran agitación. Paseaba de un lado a otro de mi estancia, profiriendo grandes lamentaciones.
-Pero ¿usted debe tener alguna idea, monsieur Poirot? -no cesaba de repetir-. ¡Sin duda debe tener varias ideas!
-Claro que tengo alguna idea -le repliqué cautamente- Esto es lo malo... que uno tiene demasiadas ideas; y por tanto todas apuntan en direcciones diferentes.
-¿Por ejemplo? -insinuó.
-Pues por ejemplo... el taxista. Sólo contamos con su palabra de que condujo a los dos hombres a ese antro. Esta es una de las ideas. Luego, ¿fue realmente a esa casa adonde se dirigieron ambos? Supongamos que dejaran el taxi allí, entraran en el edificio, salieran por atrás y fuesen a otra parte.
El señor Pearson pareció anonadado por esta suposición.
-Pero ¿usted no hace nada que no sea estar sentado y pensar? ¿No podemos hacer algo?
Aquel hombre era impaciente por naturaleza, se entiende.
-Monsieur -le dije con dignidad-, no es para Hércules Poirot el correr arriba y abajo por las malolientes calles de Limehouse como un chucho callejero. Cálmese. Mis agentes trabajan.
Al día siguiente tenía noticias para él. Los dos hombres habían pasado por la mencionada casa, pero su verdadero objetivo era una pequeña taberna junto al río. Se les había visto entrar allí, pero Lester salió solo.
Y entonces, ¡figúrese, Hastings, al señor Pearson se le ocurrió una idea de lo más descabellado! Nada le convencía excepto que debíamos ir personalmente a esa taberna y hacer averiguaciones. Le razoné y le rogué lo indecible, pero no quiso escucharme. Habló de disfrazarse, incluso sugirió que yo, yo, no me atrevo ni a decirlo, ¡debiera afeitarme el bigote! Sí, rien que ça! Le indiqué que eso era absurdo y ridículo. Uno no destruye una cosa bella por capricho. Además, ¿acaso un caballero belga con bigote no puede desear conocer la vida y fumar opio con las mismas ganas que uno sin bigote?
Eh bien, cedió en esto, pero todavía insistió en su proyecto. Volvió aquella tarde. ¡Mon Dieu, qué facha! Llevaba lo que el llamaba su «tabardo de marinero», la cara sucia y sin afeitar, y un tapabocas asqueroso que ofendía el sentido del olfato.


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