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La mina perdida (Agatha Christie) - pág.4

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El asunto progresaba. El siguiente paso fue entrevistarnos con el señor Charles Lester. Nos atendió con extrema franqueza: estaba desolado por la prematura muerte de Wu Ling y se puso por entero a nuestra disposición. Su relato fue el siguiente: según lo convenido con Wu Ling, pasó a buscarle al hotel a las diez treinta. Sin embargo, Wu Ling no apareció. En su lugar vino su criado, le dijo que su señor había tenido que salir, y se ofreció para conducir al joven adonde se encontraba su señor. Sin sospechar nada, Lester aceptó la explicación, y el chino llamó a un taxi. Durante algún tiempo siguieron en dirección a los muelles. De repente, Lester, sintiéndose receloso, hizo detener el taxi y se apeó, desoyendo las protestas del criado. Esto, nos aseguró, era todo cuanto sabía del asunto.
Aparentando quedar satisfechos, le dimos las gracias y nos despedimos. Muy pronto se comprobó que su versión distaba de ser exacta. Para empezar, Wu Ling no llevaba consigo ningún criado, ni en el barco ni en el hotel. En segundo lugar, se presentó el conductor del taxi que había conducido a los dos hombres aquella mañana. Lester no había abandonado el taxi durante el trayecto, sino que por el contrario, junto con el caballero chino se habían dirigido a un lugar de mala fama de Limehouse, situado en el corazón del barrio chino. Dicho lugar era más o menos conocido como un antro de fumadores de opio. Entraron los dos... y aproximadamente una hora más tarde el caballero inglés, que el chófer identificó por la fotografía, salió solo. Estaba muy pálido y parecía enfermo, y le ordenó conducirle a la estación de metro más próxima.
Se practicaron algunas investigaciones respecto a la reputación de Charles Lester, descubriendo que, si bien sus referencias eran excelentes, tenía numerosas deudas, contraídas en el juego, su secreta pasión. Desde luego no perdimos de vista a Dyer. Existía una ligera posibilidad de que hubiera podido suplantar al otro hombre, pero la sospecha resultó totalmente infundada. Su coartada para el día de marras era indiscutible. Claro que el propietario del fumadero de opio lo negó todo con oriental imperturbabilidad. No conocía a Wu Ling; no conocía a Charles Lester. Ninguno de los dos caballeros había estado en su casa aquella mañana. Sin duda, la policía estaba en un error: jamás se había fumado opio en su casa.
Sus negativas, por bien intencionadas que fueran, sirvieron de bien poco a Charles Lester, ya que fue detenido por el asesinato de Wu Ling.


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