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La mina perdida (Agatha Christie) - pág.3

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Al cabo de dos días, al anochecer, rescataron un cadáver en el Támesis, que resultó ser el del infortunado chino. Ni en su cadáver ni en su equipaje se encontró rastro alguno de los documentos de la mina.
Llegados a este punto, mon ami, me metieron en el asunto. Recibí la visita del señor Pearson. Aunque estaba muy afectado por la muerte de Wu Ling, su principal afán era recuperar los documentos, objeto de la visita del chino a Londres. El interés principal de la policía, claro está, sería descubrir al asesino... dejando en segundo término la recuperación de los papeles. Lo que él deseaba de mí era que colaborase con la policía y que al mismo tiempo actuase en interés de la compañía.
Acepté sin ningún inconveniente. Era evidente que ante mí tenía dos caminos abiertos para la investigación. Por un lado podía indagar entre los empleados de la compañía que conocían la visita del oriental; por otro, hacer lo mismo entre los pasajeros del barco que podían estar enterados de su misión. Empecé por estos últimos, pues era un campo de pesquisa más reducido. En esto coincidí con el inspector Miller, encargado del caso... hombre muy distinto de nuestro amigo Japp: presuntuoso, mal educado e insoportable.
Juntos interrogamos a los oficiales del Assunta. Poco pudieron decirnos. Durante el viaje Wu Ling se había mostrado muy reservado. Sólo hizo amistad con dos pasajeros: uno de ellos era un europeo llamado Dyer, un hombre desmoralizado que, al parecer, gozaba de bastante mala fama; el otro era un empleado de banco, llamado Charles Lester, que regresaba de Hong Kong. Tuvimos la suerte de poder hacernos con una fotografía de ambos. En ese momento, si las sospechas debieran recaer sobre uno de los dos, no podía ser otro que Dyer. Se le sabía mezclado con una banda de granujas chinos, y en principio era el que ofrecía más motivos de sospecha.
La siguiente diligencia que llevamos a cabo fue ir al Hotel Plaza Russell. Al mostrarle una fotografía de Wu Ling le reconocieron al instante. Entonces les enseñamos también la de Dyer, pero para decepción nuestra, el portero afirmó que no era el hombre que había ido al hotel aquella fatal mañana. Casi sin ninguna esperanza le dejé ver la fotografía de Lester, y ante mi sorpresa el hombre lo reconoció sin vacilar.
-Sí, señor -dijo-, éste es el caballero que vino a las diez y media y preguntó por el señor Wu Ling, y luego salió con él.


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