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La herencia de los Lemesurier (Agatha Christie) - pág.8

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-Sí, monsieur Poirot, las abejas. Tres colmenas. Lady Claygate está orgullosa de ellas.
-¡Abejas! -exclamó Poirot.
Luego se levantó de un salto y empezó a pasear por la terraza con las manos en la cabeza. Por más esfuerzos que hice no pude imaginar por qué se agitaba tanto a la sola mención de aquellos insectos.
En este momento oímos rodar un coche. Cuando el grupo se apeó ya estaba Poirot en el umbral de la puerta.
-Han picado a Ronald -exclamó excitado Gerald.
-No ha sido nada -dijo mistress Lemesurier-. Ni siquiera se ha hinchado. Le pondremos en la picadura un poco de amoníaco.
-A ver, hombrecillo. ¿Dónde ha sido? -preguntó Poirot.
-Aquí, en este lado del cuello -repuso dándose importancia Ronald-. Pero no me duele. Papá dijo: «Estáte quieto. Se te ha posado encima una abeja.» Me estuve quieto y papá me la quitó de encima, pero sentí un alfilerazo. Ya me había picado y no lloré porque ya soy grande e iré a la escuela al año que viene.
Poirot examinó el cuello del niño y luego se retiró. Cogiéndome por el brazo murmuró a mi oído:
-¡Esta noche, mon ami, será esta noche! No diga nada... a nadie.
Como se negó a mostrarse más comunicativo, confieso que pasé el resto del día devorado por la curiosidad. Se retiró temprano y seguí su ejemplo. Mientras subíamos la escalera me cogió por un brazo y me dio instrucciones.
-No se desvista. Aguarde algún tiempo, apague luego la luz y venga a reunirse conmigo.
Obedecí y le encontré esperándome cuando llegó la hora. Me encargó con un gesto que guardara silencio y nos dirigimos, de puntillas, al ala de la casa donde se hallaba la de los niños. Ronald ocupaba una habitación propia. Entramos en ella y me situé en un rincón oscuro. El niño respiraba bien, normalmente y dormía tranquilo.
-¿Duerme profundamente, verdad? -susurré.
Poirot hizo seña de que sí.
-Le han narcotizado -murmuró.
-¿Para qué?
-Para que no llore cuando...
-¿Cuándo? -repetí al ver que hacía una pausa.
-¡Sienta el pinchazo de la aguja hipodérmica, mon ami! ¡Silencio! No hablemos más, aunque no espero ningún acontecimiento próximo.
Pero Poirot se engañaba. Diez minutos después se abrió la puerta sin ruido y alguien entró en la habitación. Oí una respiración anhelosa, unos pasos que se aproximaron a la cama, luego un súbito ¡clic! La luz de una pequeña lámpara de bolsillo cayó sobre el rostro del pequeño durmiente.


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