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La herencia de los Lemesurier (Agatha Christie) - pág.7

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El secretario saludó, nos dedicó unas palabras agradables de bienvenida y desapareció. A pesar de su gallardía había algo en él que repelía y cuando me confié a Poirot, más adelante, mientras paseábamos por los hermosos jardines, convino en ello con no floja sorpresa por mi parte.
-Sí, sí, Hastings, tiene usted razón. No me gusta. Es demasiado guapo. Ah, ya están aquí los pequeños.
Mistress Lemesurier avanzaba hacia nosotros con los dos niños al lado. Eran dos guapos muchachos, moreno el menor como la madre, de cabello rubio y rizoso el mayor. Los dos nos estrecharon la mano, como dos hombrecitos, y en seguida se dedicaron a Poirot. Luego fuimos presentados a miss Saunders, mujer indescriptible, que formaba parte del grupo familiar.


Por espacio de varios días llevamos una existencia cómoda y agradable, siempre vigilante aunque sin resultado. Los chicos vivían de manera normal sin carecer de nada. Al cuarto día de estancia en la finca vimos aparecer al comandante Roger Lemesurier. Vivaracho y despreocupado, había variado muy poco, tratando de todo con la misma ligereza. Era, evidentemente, un gran favorito de los chicos, porque le acogieron con exclamaciones de alegría y le arrastraron en seguida al jardín para jugar a los indios bravos. Me di cuenta de que Poirot le seguía sin llamar la atención.
Al día siguiente, lady Claygate, cuya propiedad lindaba con la de los Lemesurier, invitó a todo el mundo, chicos inclusive, a tomar el té. Mistress Lemesurier quería que les acompañásemos, pero sin embargo pareció aliviarla de gran peso la negativa de Poirot que, según dijo, prefería quedarse en casa.
En cuanto partieron todos, puso manos a la obra. Su actitud me recordó la de un terrier inteligente. Creo que no quedó sin registrar un solo rincón de la propiedad; sin embargo, se hizo tan serena y metódicamente que a nadie llamaron la atención sus idas y venidas. Mas era evidente, al final, que no se sentía satisfecho. Tomamos el té en la terraza con miss Saunders, que no había querido tampoco formar parte de la reunión.
-Los chicos deben estar disfrutando -murmuró-. Confío en que se portarán como es debido, en que no pisotearán los parterres de flores ni se acercarán a las abejas...
Poirot se quedó con el vaso que iba a llevarse a la boca en la mano. Era como si acabara de ver un fantasma.
-¿Las abejas? -repitió con voz de trueno.


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