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La herencia de los Lemesurier (Agatha Christie) - pág.5

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-¿Puede una leyenda cortar un tallo de hiedra?
-¿Qué es lo que dice, madame? -exclamó mi amigo con expresión de profundo asombro reflejado en el semblante.
-Digo, ¿puede una leyenda, una fantasía si prefiere denominarlo así, cortar un tallo de hiedra? No me refiero a lo sucedido en Cornwall, porque aunque Ronald sabe nadar desde los cuatro años, cualquier chico puede encontrarse en apurada situación en un momento dado. Los dos hijos míos son muy traviesos y por ello un día descubrieron que podían encaramarse por la pared sirviéndose de la hiedra como de una escalera. Un día en que Gerald no estaba en casa, la hiedra cedió y Ronald cayó a tierra. Por fortuna no se hizo nada serio. Pero yo salí y examiné la hiedra. Estaba cortada, monsieur, cortada deliberadamente.
-¿Se da cuenta de la gravedad de lo que insinúa, madame? ¿Dice que el hijo menor estaba en aquel momento fuera de casa?
-Sí.
-¿Lo estaba también cuándo el envenenamiento de Ronald?
-No, los dos estaban en ella.
-Es curioso -murmuró Poirot-. Dígame, ¿qué servidores tiene usted?
-Miss Saunders, el aya de los niños y John Gardiner, el secretario de mi marido.
Mistress Lemesurier hizo una pausa levemente confusa.
-¿Y quién más, madame?
-El comandante Roger Lemesurier, a quien conoció usted también aquella noche del Carlton, viene a vernos con frecuencia.
-¡Ah, sí! ¿Es pariente de ustedes?
-Un primo lejano. No pertenece a esta rama de la familia. Sin embargo, creo que es el pariente más próximo de mi marido. Es muy afectuoso y le queremos todos. Los chicos le adoran.
-¿Fue él, quizá, quien les enseñó a trepar por la hiedra?
-Bien pudiera ser, porque les incita a hacer travesuras.
-Madame, le pido mil perdones por lo que dije antes. El peligro es real y creo poder servirla. Le propongo que nos invite a pasar unos días con ustedes. ¿Tendría inconveniente a ello su marido?
-Oh, no. Pero dudará de su eficacia. Me irrita ver que se sienta tranquilamente a esperar a que fallezca su hijo.
-¡Cálmese, madame! Nosotros todo lo hacemos metódicamente.


Después de hacer el equipaje a toda prisa, tomamos al día siguiente el camino del Norte. Poirot se sumió en sus reflexiones. Salió de su ensimismamiento para preguntar bruscamente:
-¿Se cayó Vicente Lemesurier de uno de estos trenes?
Y acentuó levemente el verbo.
-¿Qué es lo que sospecha? -interrogué sinceramente sorprendido.


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