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La herencia de los Lemesurier (Agatha Christie) - pág.4

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-Recuerdo perfectamente el hecho, madame. Nos vimos en el Carlton.
-Eso es. Bien, monsieur Poirot, pues estoy muy preocupada.
-¿Respecto de qué, madame?
-Pues respecto de mi hijo mayor. Porque tengo dos hijos: Ronald, de ocho años, y Gerald, de seis.
-Continúe, señora. ¿Por qué le preocupa su hijo Ronald?
-Monsieur Poirot, en el espacio de los seis últimos meses pasados ha logrado escapar a la muerte por tres veces seguidas: la primera vez estuvo a punto de ahogarse en Cornwall, este verano; la segunda vez se cayó por la ventana de la nursery; la tercera vez estuvo a punto de ser envenenado.
El rostro de Poirot expresaba de manera demasiado elocuente, tal vez, lo que estaba pensando, porque mistress Lemesurier dijo apresuradamente.
-Naturalmente, comprendo que usted me toma por una boba que convierte en montañas un granito de arena...
-No, señora. Cualquier madre se sentiría tan trastornada como usted por tales acontecimientos, pero lo que no veo es en qué puedo servirla. No soy le bon Dieu para mandar a las olas; ponga barrotes de hierro en la nursery y en cuanto a la comida, ¿qué podría compararse al cuidado de una madre?
-Pero, ¿por qué le suceden tales cosas a Ronald y no a Gerald?
-Se trata de una pura casualidad, madame... le hasard!
-¿De verdad cree usted eso?
-¿Qué cree usted, madame, qué cree su marido?
Una sombra nubló el rostro de mistress Lemesurier.
-Hugo no quiere escucharme. Supongo que habrá usted oído hablar de la maldición que pesa sobre nuestra familia. Según ella, el primogénito no puede heredar. Hugo cree en esa leyenda. Conoce al dedillo la historia de los Lemesurier y es supersticioso en grado superlativo. Cuando le comunico mis temores me habla de la maldición y asegura que no podemos escapar de ella. Pero yo he nacido en los Estados Unidos, monsieur Poirot. Allí no creemos en maldiciones, aunque nos gusten porque tienen cachet, porque dan tono, ¿comprende? Hugo me conoció cuando tomaba yo parte en una comedia musical y me dije que eso de una maldición es un encanto, algo indescriptible para expresarlo con palabras, a propósito para narrarlo junto al fuego en una cruda noche de invierno, pero cuando se trata de un hijo... es otra cosa, porque yo adoro a mis hijos, monsieur Poirot, y haría cualquier sacrificio por ellos.
-¿De manera que se niega a creer en la leyenda de la familia?


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