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La caja de bombones (Agatha Christie) - pág.7

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Madame Déroulard sufría de cataratas en ambos ojos desde hacía muchos años.
Descorazonado, ya me iba cuando la voz del farmacéutico me hizo retroceder.
-Un momento, monsieur Poirot. Ahora recuerdo, la chica que trajo esa receta dijo algo acerca de que tenía que llegarse a la farmacia inglesa. Puede intentar allí.
Así lo hice. Imponiendo una vez más mi jerarquía oficial, obtuve la información que quería. La víspera de la muerte del señor Déroulard habían despachado una receta para el señor John Wilson. El medicamento no necesitaba ser preparado. Simplemente consistía en unos comprimidos de trinitrina. Pregunté si podía ver algunos. El farmacéutico me los mostró y sentí que el corazón me latía más aprisa... pues los comprimidos eran de chocolate.
-¿Es un veneno? -inquirí.
-No, monsieur.
-¿Puede usted usted describirme sus efectos?
-Baja la tensión arterial. Son adecuados para algunos tipos de dolencias cardíacas, angina de pecho por ejemplo. Son vasodilatadores. En la arteriosclerosis...
Le interrumpí.
-Ma foi! Todo ese galimatías no me aclara nada. ¿Hace que la cara se ponga colorada?
-Ciertamente.
-Y suponiendo que yo tomara diez o veinte de esos pequeños comprimidos, ¿qué pasaría?
-No le aconsejaría que lo hiciese -replicó secamente.
-Y sin embargo, ¿dice que no es un veneno?
«-Existen muchísimas cosas a las que no llamamos veneno y sin embargo pueden matar a un hombre -replicó en el mismo tono seco de antes.
Salía de la farmacia alborozado. ¡Por fin las cosas empezaban a marchar!
Ahora sabía que John Wilson dispuso del medio adecuado para cometer el crimen, pero ¿y respecto al móvil? Se había trasladado a Bélgica por negocios, y pidió al señor Déroulard, al que no conocía mucho, que le hospedara. Aparentemente no existía ninguna razón para que la muerte de Déroulard le beneficiara. Por otra parte, por unas investigaciones que hice en Inglaterra, descubrí que desde años atrás padecía de esa dolorosa enfermedad cardíaca llamada angina de pecho. Por tanto, era lógico que poseyera esos comprimidos. Sin embargo, yo estaba convencido de que alguien había tocado la caja de bombones, tras abrir primero, por error, la caja llena. Luego de haber vaciado el último bombón lo llenó con los comprimidos de trinitrina. Los bombones eran de gran tamaño. Estaba seguro de que habían puesto de veinte a treinta comprimidos. Pero ¿quién lo hizo?
En la casa había dos invitados. John Wilson tuvo el medio. Saint Alard el móvil. Recuerde, era un fanático, y no hay peor fanático que el religioso.


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