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El tercer piso (Agatha Christie) - pág.11

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-No, lo estoy.
-¿Qué es lo que..., bueno, le preocupa? -dijo Donovan mirándole con curiosidad.
Poirot no respondió, y guardó silencio durante un par de minutos, como si meditara. Luego se encogió de hombros.
-Voy a despedirme de usted, mademoiselle. Debe de estar fatigada. Ha tenido que guisar mucho..., ¿eh?
Pat rió.
-Sólo la tortilla. No hice la cena. Donovan y Jimmy vinieron a buscarnos y fuimos a un pequeño restaurante del Soho.
-Y luego, sin duda, irían al teatro.
-Sí. A ver «Los ojos castaños de Carolina».
-¡Ah! -exclamó Poirot-. Debieran haber sido los ojos azules..., los ojos de mademoiselle.
Hizo una galante inclinación, y diole una vez más las buenas noches, lo mismo que a Mildred, que se quedaba allí a pasar la noche, ya que Pat había confesado con toda franqueza que no era capaz de quedarse sola de momento.
Los dos hombres acompañaron a Poirot. Cuando se disponían a despedirse de él, una vez en el rellano, el detective les dijo:
-Mis jóvenes amigos, me oyeron decir que no estaba satisfecho..., Eh bien, es cierto..., no lo estoy. Ahora voy a bajar a hacer unas pequeñas averiguaciones por mi cuenta. ¿Les gustaría acompañarme?
Su propuesta fue aceptada en el acto y Poirot abrió la marcha hacia el piso tercero. Al entrar, no se dirigió a la salita, como los otros esperaban, sino que fue derecho a la cocina. En un hueco, debajo de la fregadera, había un gran bidón metálico. Poirot lo destapó e inclinándose sobre él comenzó a escarbar en su contenido con la energía de un feroz terrier.
Jimmy y Donovan le contemplaban un tanto sorprendidos.
De pronto con una exclamación de triunfo se levantó, alzando en su manó una botellita tapada con un corcho.
-Voilá! Encontré lo que buscaba.
La olfateó detenidamente.
-Estoy enrhumé... tengo un constipado de cabeza...
Donovan cogió la botellita y olió a su vez, sin percibir nada. De modo que le quitó el tapón y la acercó a su nariz antes de que el grito de alarma de Poirot pudiera contenerle.
Inmediatamente cayó al suelo como un tronco. Poirot, abalanzándose hacia él, consiguió aminorar el golpe.
-¡Imbécil! -exclamó-. Vaya ocurrencia, quitar el tapón. ¿Es que no se ha fijado con qué cuidado la he cogido yo? Monsieur... Faulkener..., ¿verdad? ¿Sería tan amable de traerme un poco de coñac? He visto una botella en la salita.
Jimmy salió corriendo, pero cuando regresó, Donovan estaba sentado y diciendo que se sentía bien, y tuvo que escuchar un pequeño discurso del señor Poirot acerca de la necesidad de andar con cuidado al olor de posibles sustancias venenosas.


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