El tercer piso (Agatha Christie) - pág.10
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Poirot alisó el papel y pudo leer estas palabras escritas a máquina y con letras mayúsculas:
«Iré a verla esta tarde a las siete y media. - J. F.»
-Un documento muy comprometedor para dejarlo olvidado -dijo el inspector-. Tal vez pensara que ella lo habría destruido, porque tenemos pruebas de que el asesino es muy cuidadoso. Encontramos debajo del cadáver la pistola con que cometió el crimen... y tampoco tenía huellas digitales: la habían limpiado cuidadosamente con un pañuelo de seda.
-¿Cómo sabe que fue con un pañuelo de seda? -preguntó Poirot.
-Porque lo encontramos -repuso el inspector triunfante-. A última hora, cuando el asesino corrió las cortinas, debió caérsele inadvertidamente.
Y le tendió un gran pañuelo blanco de seda de muy buena calidad. No fue preciso que le indicase el nombre bordado en el centro con seis letras claras y muy legibles.
-John Fraser.
-Eso es -repuso el inspector-. John Fraser... J. F. las iniciales de la nota. Conocemos el nombre de la persona que hemos de buscar, y me atrevo a asegurar que si averiguamos algunas cosas sobre la difunta, y salen a relucir algunas de sus amistades, no tardaremos en estar sobre la pista.
-Me pregunto... -dijo Poirot-. No, mon cher, creo que no va a ser tan fácil encontrar a su John Fraser. Es un hombre extraño..., cuidadoso, puesto que marca sus pañuelos y limpia la pistola con que ha cometido el crimen... y al mismo tiempo descuidado, ya que pierde su pañuelo y no recoge una comprometedora carta que puede acusarle.
-Se pondría nervioso con las prisas -dijo el inspector.
-Es posible -repuso Poirot-. Sí; es posible. Y, ¿no le vieron entrar en el edificio?
-A esa hora entra y sale toda clase de gente. Estas casas son muy grandes. Supongo que ninguno de ustedes -se dirigió a los cuatro jóvenes- le verían salir del piso.
Pat negó con la cabeza.
-Salimos antes..., a eso de las siete.
-Ya. -El inspector se puso en pie y Poirot le acompañó hasta la puerta.
-Como un pequeño favor... ¿podría examinar el piso de abajo?
-Desde luego, señor Poirot. Conozco la opinión que tienen de usted en jefatura. Le daré una llave. Tengo dos. No hay nadie. La doncella se ha ido a casa de unos parientes, pues estaba demasiado asustada para quedarse sola.
-Gracias.
Poirot regresó pensativo a la sala de Pat.
-¿No está usted satisfecho, señor Poirot? -preguntó Jimmy.
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