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El tercer piso (Agatha Christie) - pág.6

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-Sí; me parece conveniente. Si tú te quedas, yo iré a telefonear.
Y subió corriendo al piso de Pat. Ésta salió a abrirle con el rostro arrebolado y un delantal coquetón. Estaba muy bonita y sus ojos se agrandaron por la sorpresa.
-¿Tú? Pero, cómo... Donovan, ¿qué es esto? ¿Ocurre algo?
Él le cogió ambas manos.
-Todo va bien, Pat... sólo que hemos hecho un descubrimiento muy poco agradable en el piso de abajo. Una mujer... muerta.
-¡Oh! -Contuvo el aliento-. ¡Qué horrible! ¿Le ha dado un ataque o algo así?
-No, parece..., bueno..., parece que ha sido asesinada...
-¡Oh, Donovan!
-Perdona que te lo haya dicho tan brutalmente -continuaba reteniendo entre sus manos las de la muchacha. ¡Querida Pat..., cómo la adoraba! ¿Le querría ella? Algunas veces creía que sí. Otras temía que Jimmy Faulkener..., el recuerdo de Jimmy esperando pacientemente abajo, le hizo sobresaltarse con un sentimiento de culpabilidad-. Pat, querida, debemos telefonear a la policía.
-Monsieur tiene razón -susurró una voz a sus espaldas-. Y entretanto, mientras aguardamos su llegada, tal vez yo pueda prestarles una ligera ayuda.
Los dos jóvenes, que habían permanecido hasta entonces en la puerta del piso, salieron al rellano. Una figura bajaba la escalera y entró en su campo visual.
Inmóviles contemplaron al hombrecillo de fieros bigotes y cabeza en forma de huevo, que lucía un espléndido batín y zapatillas bordadas y que se inclinaba galantemente ante Patricia.
-Mademoiselle -le dijo-. Yo soy, tal vez usted ya lo sepa, el inquilino del piso de arriba. Me encanta vivir en lo alto..., por el aire..., y poder ver todo Londres. Tomé este piso bajo el nombre de señor O´Connor, pero no soy irlandés. Mi nombre es otro y por ello me atrevo a ponerme a su servicio. Permítame.
Y con una nueva inclinación versallesca sacó una tarjeta tendiéndosela a Pat.
-Hércules Poirot. ¡Oh! -Contuvo el aliento-. ¿El señor Poirot? ¿El gran detective? ¿Y de veras quiere ayudarnos?
-Ésa es mi intención, mademoiselle. He estado a punto de ofrecerle mi ayuda hace ya un buen rato.
Pat miróle extrañada.
-Los oí discutir sobre cómo poder entrar en el piso, y yo, que soy un experto en cerraduras, sin la menor duda hubiera podido abrirles la puerta. Pero no quise hacerlo, temeroso de que luego sospechara usted de mí y me tomase por un vulgar espadista.
Pat se echó a reír.
-Ahora, monsieur -dijo Poirot a Donovan-, le ruego que vaya a telefonear a la policía.


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