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El tercer piso (Agatha Christie) - pág.3

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-Supongo que creerán que se trata de fantasmas o ladrones -repuso Donovan-. Tirar de esta cuerda es un trabajo pesado. El portero trabaja mucho más de lo que yo creía. Oye, Jimmy, viejo amigo, ¿vas contando los pisos?
-¡Oh, no! Me he olvidado.
-Bueno, pues yo sí los he contado. Ahora pasamos el tercero. El siguiente es el nuestro.
-Y ahora supongo que descubriremos que Pat cerró la puerta al fin y al cabo -gruñó Jimmy.
Mas sus temores eran infundados. La puerta de madera retrocedió ante una ligera presión y Donovan y Jimmy penetraron en la densa oscuridad de la arreglada cocina de Pat.
-Debimos traer una linterna para realizar este trabajo nocturno -dijo Donovan-. O yo no conozco a Pat, o todo estará por el suelo, y vamos a tropezar con la mar de cacharros antes de conseguir llegar hasta el interruptor de la luz. No te muevas, Jimmy, hasta que yo encienda.
Prosiguió avanzando cautelosamente y lanzó una maldición cuando una esquina de la mesa de la cocina se le incrustó en los riñones. Dio vuelta al interruptor y volvió a maldecir en plena oscuridad.
-¿Qué ocurre? -le preguntó Jimmy.
-Que la luz no se enciende. Me figuro que se habrá fundido la bombilla. Aguarda un minuto. Iré a dar la luz de la salita.
La sala de estar se hallaba al otro extremo del pasillo. Jimmy oyó cómo Donovan abría la puerta y fueron llegando hasta él diversas exclamaciones de contrariedad. Decidióse a avanzar también por la cocina.
-¿Qué pasa?
-No lo sé. Por la noche parece que las habitaciones están embrujadas. Todo está revuelto. Las sillas y mesas se encuentran donde menos lo piensas. ¡Oh, diablos! ¡Aquí hay otra!
Pero en aquel preciso momento Jimmy encontró el interruptor y encendió la luz. Un segundo después los dos hombres se miraron locos de horror.
Aquella habitación no era la salita de Pat. Se habían equivocado de piso.
Para empezar, aquella estancia estaba casi como unas diez veces más llena de muebles que la de Pat, lo cual explicaba el patético asombro de Donovan al tropezar repetidamente con sillas y mesas. En el centro había una gran mesa redonda cubierta con un tapete y sobre ella un montón de cartas.
-Señora Ernestina Grant -susurró Donovan, leyendo uno de los numerosos sobres-. ¡Oh, Dios nos ayude! ¿Tú crees que nos habrá oído?
-Será un milagro que no te haya oído -repuso Jimmy-.


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