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El rey de bastos (Agatha Christie) - pág.11

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-Sí, amigo mío. Y ofrezco mis respetos a Su Majestad.
-Y ¡a madame Zara!
-Ah, sí, también a esa señora.
-Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?
-Volver a Londres. Pero antes de ausentarme deseo decir dos palabras a una persona que vive en Daisymead.


La misma doncella nos abrió la puerta.
-Están en el comedor, señor. Si desea ver a miss Sinclair se halla descansando.
-Deseo ver a mistress Oglander. Haga el favor de llamarla. Es cuestión de un instante.
Nos condujeron al salón y allí esperamos. Al pasar por delante del comedor distinguí a la familia Oglander, acrecentada ahora por la presencia de dos fornidos caballeros, uno afeitado, otro con barba y bigote.
Poco después entró mistress Oglander en el salón mirando con aire de interrogación a Poirot, que se inclinó ante ella.
-Madame, en mi país sentimos suma ternura, un gran respeto por la madre. La mere de famille es todo para nosotros -dijo.
Mistress Oglander le miró con asombro.
-Y esta única razón es la que me trae aquí, en estos momentos, pues deseo disipar su ansiedad. No tema, él asesino de míster Reedburn no será descubierto. Yo, Hércules Poirot, se lo aseguro a usted. ¿Digo bien o es la ansiedad de una esposa la que debo calmar?
Hubo un momento de silencio en el que mistress Oglander dirigió a Poirot una mirada penetrante. Por fin repuso en voz baja:
-No sé lo que quiere decir pero, sí, dice usted bien sin duda.
Poirot hizo un gesto con el rostro grave.
-Eso es, madame. No se inquiete. La policía inglesa no posee los ojos de Hércules Poirot.
Así diciendo dio un golpecito sobre el retrato de la familia que pendía de la pared e interrogó:
-¿Usted tuvo dos hijas, madame? ¿Ha muerto una de ellas?
Hubo una pausa durante la cual mistress Oglander volvió a dirigir una mirada profunda a mi amigo. Luego respondió :
-Sí, ha muerto.
-¡Ah! -exclamó Poirot vivamente-. Bien, vamos a volver a la ciudad. Permítame que le devuelva el rey de bastos y que lo coloque en la caja. Constituye su único resbalón. Comprenda que no se puede jugar al bridge, por espacio de una hora, con únicamente cincuenta y una cartas para cuatro personas. Nadie que sepa jugar creerá en su palabra. Bonjour!


-Y ahora, amigo mío, ¿se da cuenta de lo ocurrido? -me dijo cuando emprendimos el camino de la estación.


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