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El rey de bastos (Agatha Christie) - pág.10

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-Le deseo muy buenos días, madame.
Una sirviente limpiaba la escalera cuando salimos por la puerta principal de la casa. Poirot dijo:
-¿Fue usted la que limpió los zapatos de la señora forastera?
La doncella meneó la cabeza.
-No, señor. Ni creo que haya que limpiarlos.
-¿Quién los limpió entonces? -pregunté a Poirot mientras bajábamos por la calzada.
-Nadie. No estaban sucios.
-Concedo que por bajar por el camino o por un sendero, en una noche de luna no se ensucien, pero después de hollar con ellos la hierba del jardín se manchan y ensucian.
-Sí, estoy de acuerdo -repuso Poirot con una sonrisa singular.
-Entonces...
-Tenga paciencia, amigo mío. Vamos a volver a Mon Desir.


El mayordomo nos vio llegar con visible sorpresa, pero no se opuso a que volviéramos a entrar en la biblioteca.
-Oiga, Poirot, se equivoca de ventana -exclamé al ver que se aproximaba a la que daba sobre la calzada de coches.
-Me parece que no. Vea -repuso indicándome la cabeza marmórea del león en la que vi una mancha oscura. Poirot levantó un dedo y me mostró otra parecida en el suelo.
-Alguien asestó a Reedburn un golpe, con el puño cerrado, entre los dos ojos. Cayó hacia atrás sobre la protuberante cabeza de mármol y a continuación resbaló hasta el suelo. Luego le arrastraron hasta la otra ventana y allí le dejaron, pero no en el mismo ángulo, como observó el doctor.
-Pero ¿por qué? No parece que fuera necesario.
-Por el contrario, era esencial. Asimismo es la clave de la identidad del asesino aunque sepa usted que no tuvo intención de matar a Reedburn y que por ello no podemos tacharle de criminal. ¡Debe poseer mucha fuerza!
-¿Porque pudo arrastrar a Reedburn por el suelo?
-No. Éste es un caso muy interesante. Pero me he portado como un imbécil.
-¿De manera que se ha terminado, que ya sabe usted todo lo sucedido?
-Sí.
-¡No! -exclamé recordando algo de repente-. Todavía hay algo que ignora.
-¿Qué es ello?
-Ignora dónde se halla el rey de bastos.
-¡Bah! Pero qué tontería. ¡Qué tontería, mon ami!
-¿Por qué?
-Porque lo tengo en el bolsillo.
Y, en efecto, Poirot lo sacó y me lo mostró.
-¡Oh! -dije alicaído-. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿Acaso aquí?
-No tiene nada de sensacional. Estaba dentro de la caja de la baraja. No lo utilizaron.
-¡Hum! De todas maneras sirvió para darle alguna idea, ¿no es verdad?


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