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El rey de bastos (Agatha Christie) - pág.9

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-Nada de eso, monsieur. No deseo más sino que Paul sepa todo lo antes posible.
-Entonces, ¡muy buenos días, mademoiselle!
Antes de salir Poirot de la habitación se paró y preguntó señalando un par de zapatos de piel.
-¿Son suyos, mademoiselle?
-Sí. Ya están limpios. Me los acaban de traer.
-¡Ah! -exclamó Poirot mientras bajábamos la escalera-. Los criados estaban muy excitados, pero por lo visto no lo están para limpiar un par de zapatos. Bien, mon ami, el caso me pareció interesante, de momento, pero se me figura que se está concluyendo.
-Pero ¿y el asesino?
-¿Cree que Hércules Poirot se dedica a la caza de vagabundos? -replicó con acento grandilocuente el detective.


Al llegar al vestíbulo nos tropezamos con miss Oglander que salía a nuestro encuentro.
-Háganme el favor de esperar en el salón. Mamá quiere hablar con ustedes -nos dijo.
La habitación seguía sin arreglar y Poirot tomó la baraja y comenzó a barajar los naipes al azar con sus manos pequeñas y bien cuidadas.
-¿Sabe lo que pienso, amigo mío?
-No -repuse ansiosamente.
-Pues que miss Oglander hizo mal en no echar triunfo. Debió poner sobre la mesa el tres de espadas.
-¡Poirot! Es usted el colmo.
-Mon Dieu! No voy a estar siempre hablando de rayos y de sangre.
De repente olfateó el aire y dijo:
-Hastings, Hastings, mire. Falta el rey de bastos de la baraja.
-¡Zara! -exclamé.
-¿Cómo? -de momento Poirot no comprendió mi alusión.
Maquinalmente guardó las barajas, ordenadas, en sus cajas. Su rostro asumía una expresión grave.
-Hastings -dijo por fin-. Yo, Hércules Poirot, he estado a punto de cometer un error, un gran error.
Le miré impresionado, pero sin comprender.
Le interrumpió la entrada en el salón de una hermosa señora de alguna edad que llevaba un libro de cuentas en la mano. Poirot le dedicó un galante saludo.
La dama le preguntó:
-¿Según tengo entendido, es usted amigo de miss Sinclair?
-Precisamente su amigo, no, señora. He venido de parte de un amigo.
-Ah, comprendo. Me pareció que...
Poirot señaló bruscamente la ventana y dijo, interrumpiéndola:
-Anoche estaba la luna llena. ¿Vio usted a miss Sinclair, sentada como estaba delante de la ventana?
-No, porque me abstraía el juego. Además porque, naturalmente, nunca nos ha sucedido nada parecido como ahora.
-Lo creo, madame. Mademoiselle Sinclair proyecta marcharse mañana.
-¡Oh! -el rostro de la dama se iluminó,


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