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El rey de bastos (Agatha Christie) - pág.7

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-Me di vaga cuenta de que su rostro me era familiar.
-Sigue aquí, ¿verdad?
-Sí, pero está postrada y no quiere ver a nadie.
-Creo que me recibirá. Dígale que vengo a petición del príncipe Paul de Mauritania.
Me pareció que el nombre del príncipe alteraba la calma imperturbable de miss Oglander. Pero salió sin hacer comentarios, del salón y volvió casi en seguida para comunicarnos que mademoiselle nos esperaba en su dormitorio.
La seguimos y por la escalera llegamos a una bonita habitación, bien iluminada, empapelada de color claro. Sobre un diván, junto a la ventana, vimos a una señorita que volvió la cabeza al hacer nuestra entrada. El contraste que ella y miss Oglander ofrecían me llamó en seguida la atención, pues si bien en las facciones y en el color del cabello se parecían, ¡qué diferencia tan notable existía entre las dos! La palabra, el gesto de Valerie Sinclair constituían un poema. De ella se desprendía un aura romántica. Vestía una prenda muy casera, una bata de franela encarnada que le llegaba a los pies, pero el encanto de su personalidad dábale un sabor exótico y semejaba una vestidura oriental del encendido color.
En cuanto entró Poirot, fijó sus grandes ojos en él.
-¿Viene de parte de Paul? -su voz armonizaba con su aspecto, era lánguida y llena.
-Sí, mademoiselle. Estoy aquí para servir a él... y a usted.
-¿Qué es lo que desea saber?
-Todo lo que sucedió anoche, ¡absolutamente todo!
La bailarina sonrió con visible expresión de cansancio.
-¿Supone que voy a mentir? No soy una estúpida. Veo con claridad que no debo ocultarle nada. Ese hombre, me refiero al que ha muerto, poseía un secreto mío y me amenazaba con él. En bien de Paul traté de llegar a un acuerdo con él. No podía arriesgarme a perder al príncipe. Ahora que ha muerto me siento segura, pero no lo maté.
Poirot meneó la cabeza, sonriendo.
-No es necesario que lo afirme, mademoiselle -dijo-. Cuénteme lo que sucedió la noche pasada.
-Parecía dispuesto a hacer un trato conmigo y le ofrecí dinero. Me citó en su casa a las nueve en punto. Yo conocía ya Mon Desir; había estado en ella. Debía entrar en la biblioteca por la puerta excusada para que no me vieran los criados.
-Perdón, mademoiselle, pero ¿no tuvo miedo de ir allí sola y por la noche?
¿Lo imaginé o Valerie hizo una pausa antes de contestar?


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