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El rey de bastos (Agatha Christie) - pág.6

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-Por ahí entró anoche mademoiselle Sinclair. Nosotros no tenemos ninguna prisa y lo haremos por la puerta principal.
La doncella que nos abrió la puerta nos llevó al salón, donde nos dejó para ir en busca de mistress Oglander. Era evidente que no se había limpiado la habitación desde el día anterior, porque el hogar estaba todavía lleno de cenizas y la mesa de bridge colocada en el centro con una sota boca arriba y varias manos de naipes puestas aún sobre el tablero. Vimos a nuestro alrededor objetos innumerables de adorno y unos cuantos retratos de familia de una fealdad sorprendente, pendientes de las paredes.
Poirot los examinó con más indulgencia que lo que mostré yo, enderezando uno o dos que se habían ladeado.
-¡Qué lazo tan fuerte el de la famille! El sentimiento ocupa en ella el lugar de la estética.
Yo asentí a estas palabras sin separar la vista de un grupo fotográfico compuesto de un caballero con patillas, de una señora de moño alto, de un muchacho fornido y de dos muchachas adornadas de una multitud de lazos innecesarios. Suponiendo que era la familia Oglander de los tiempos pasados, la contemplé con interés.
En este momento se abrió la puerta del salón y entró en él una mujer joven. Llevaba bien peinado el oscuro cabello y un jersey y una falda a cuadros.
Poirot avanzó unos pasos como respuesta a una mirada de interrogación de la recién llegada.
-¿Miss Oglander? -dijo-. Lamento tener que molestarla... sobre todo después de lo ocurrido. ¡Ha sido espantoso!
-Sí, y nos tiene a todos muy trastornados -confesó la muchacha sin demostrar emoción.
Yo empezaba a creer que los elementos del drama pasaban inadvertidos para miss Oglander, que su falta de imaginación era superior a cualquier tragedia y me confirmó en esta creencia su actitud, cuando continuo diciendo:
-Disculpen el desorden de la habitación. Los sirvientes están muy excitados.
-¿Es aquí donde pasaron ustedes la velada anoche, n´est-ce pas?
-Sí, jugábamos al bridge después de cenar cuando....
-Perdón. ¿Cuánto tiempo hacía que jugaban ustedes?
-Pues... -miss Oglander reflexionó- la verdad es que no lo recuerdo. Supongo que comenzamos a las diez.
-¿Dónde estaba usted sentada?
-Frente a la puerta de cristales. Jugaba con mi madre y acababa de echar una carta. De súbito, sin previo aviso, se abrió la puerta y entró miss Sinclair tambaleándose en el salón.
-¿La reconoció?


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