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El rey de bastos (Agatha Christie) - pág.5

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Sólo reparé en la voz de mujer.
-¡Ah!
-Perdón, señor. Si desea ver al doctor Ryan está aquí todavía.
La idea nos pareció de perlas y poco después se reunió a nosotros el doctor, hombre de edad madura, muy jovial, que proporcionó a Poirot los informes que solicitaba. Se encontró a Reedburn tendido cerca de la ventana con la cabeza apoyada en el poyo de mármol adosado a aquélla. Tenía dos heridas: una entre ambos ojos; otra, la fatal, en la nuca.
-¿Yacía de espaldas?
-Sí. Ahí está la prueba.
El doctor nos indicó una pequeña mancha negra que había en el suelo.
-¿Y no pudo ocasionarle la caída el golpe que recibió en la cabeza?
-Imposible. Porque el arma, sea cualquiera que fuese, penetró en el cráneo.
Poirot miró pensativo el vacío. En el vano de cada ventana había un asiento, esculpido, de mármol, cuyas armas representaban la cabeza de un león. Los ojos de Poirot se iluminaron.
-Suponiendo que cayera de espaldas sobre esta cabeza saliente de león y que de ella resbalase hasta el suelo, ¿podría haberse abierto una herida como la que usted describe?
-Sí, es posible. Pero el ángulo en que yacía nos obliga a considerar esa teoría imposible. Además, hubiera dejado huellas de sangre en el asiento de mármol.
-Sí, contando con que no se hayan borrado.
El doctor se encogió de hombros.
-Es improbable. Sobre todo porque no veo qué ventaja puede aportar convertir un accidente en un crimen.
-No, claro está. ¿Qué le parece? ¿Pudo asestar una mujer uno de los dos golpes?
-Oh, no, señor. Supongo que está pensando en mademoiselle Sinclair.
-No pienso en ninguna persona determinada -repuso con acento suave Poirot.
Concentró su atención en la abierta ventana mientras decía el doctor:
-Mademoiselle Sinclair huyó por ahí. Vean cómo se divisa Daisymead por entre los árboles. Naturalmente, que hay muchas otras casas en la carretera, frente a ésta, pero Daisymead es la única visible por este lado.
-Gracias por sus informes, doctor -dijo Poirot-. Venga, Hastings. Vamos a seguir los pasos de mademoiselle.
Echó a andar delante de mí y en este orden pasamos por el jardín, dejando atrás la verja de hierro y llegamos, también por la puerta del jardín, a Daisymead, finca poco ostentosa, que poseía medio acre de terreno. Un pequeño tramo de escalera conducía a la puerta de cristales a la francesa. Poirot me la indicó con el gesto.


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