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El rey de bastos (Agatha Christie) - pág.4

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En cuanto mencionamos al príncipe Paul, el mayordomo que nos abrió la puerta nos llevó al instante al lugar de la tragedia. La biblioteca era una habitación magnífica que ocupaba toda la fachada del edificio con una ventana a cada extremo, de las cuales una recaía sobre la calzada y otra a los jardines. El cadáver yacía junto a esta última. No hacía mucho que se lo habían llevado después de concluir su examen la policía.
-¡Qué lástima! -murmuré al oído de Poirot-. Con la de pruebas que habrán destruido.
Mi amigo sonrió.
-¡Eh, eh! ¿Cuántas veces habré de decirle que las pruebas vienen de dentro? En las pequeñas células grises del cerebro es donde se halla la solución de cada misterio.
Se volvió al mayordomo y preguntó:
-Supongo que a excepción del levantamiento del cadáver no se habrá tocado la habitación.
-No, señor. Se halla en el mismo estado que cuando llegó la policía anoche.
-Veamos. Veo que esas cortinas pueden correrse y que ocultan el alféizar de la ventana. Lo mismo sucede con las cortinas de la ventana opuesta. ¿Estaban corridas anoche también?
-Sí, señor. Yo verifico la operación todas las noches.
-Entonces, ¿debió descorrerlas el propio Reedburn?
-Así parece, señor.
-¿Sabía usted que esperaba visita?
-No me lo dijo, señor. Pero dio la orden de que no se le molestase después de la cena. Vea, señor. Por esa puerta se sale de la biblioteca a una terraza lateral. Quizá dio entrada a alguien por ella.
-¿Tenía por costumbre hacerlo así?
El mayordomo tosió discretamente.
-Creo que sí, señor.
Poirot se dirigió a aquella puerta. No estaba cerrada con llave. En vista de ello subió a la terraza que iba a parar a la calzada sita a su derecha; a la izquierda levantábase una pared de rojo ladrillo.
-Al otro lado está el huerto, señor. Más allá hay otra puerta que conduce a él, pero permanece cerrada desde las seis de la tarde.
Poirot entró en la biblioteca seguido del mayordomo.
-¿Oyó algo de los acontecimientos de anoche? -preguntó Poirot.
-Oímos, señor, voces, una de ellas de mujer, en la biblioteca, poco antes de dar las nueve. Pero no era un hecho extraordinario. Luego, cuando nos retiramos al vestíbulo de servicio que está a la derecha del edificio, ya no oímos nada, naturalmente. Y la policía llego a las once en punto.
-¿Cuántas voces oyeron?
-No sabría decírselo, señor.


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