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El rey de bastos (Agatha Christie) - pág.3

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Aunque está obligada a guardar el secreto. Valerie me ha dado a entender eso. Además, lo demuestra, sin darse cuenta, y yo creo en la ley de herencia, monsieur Poirot.
-También yo creo en ella -repuso Poirot, pensativo-, Je, moi qui vous parle, he presenciado cosas muy raras... Pero vamos a lo que importa, monsieur le Prince. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que teme? Puedo hablar con franqueza, ¿verdad? ¿Se hallaba relacionada mademoiselle de algún modo con ese crimen? Porque conocía a míster Reedburn, naturalmente...
-Sí. Él confesaba su amor por ella.
-¿Y ella?
-Ella no tenía nada que decirle.
Poirot le dirigió una mirada penetrante.
-Pero ¿le temía? ¿Tenía motivos?
El joven titubeó.
-Le diré... ¿Conoce a Zara, la clarividente?
-No.
-Es maravillosa. Consúltela cuando tenga tiempo. Valerie y yo fuimos a verla la semana pasada. Y nos echó las cartas. Habló a Valerie de unas nubes que asomaban por el horizonte y le predijo males inminentes; luego volvió la última carta. Era el rey de bastos. Dijo a Valerie: «Tenga mucho cuidado. Existe un hombre que la tiene en su poder. Usted le teme, se expone a un gran peligro. ¿Sabe de quién le hablo?» Valerie estaba blanca hasta los labios. Hizo un gesto afirmativo y contestó: «Sí, sí, lo sé.» Las últimas palabras de Zara a Valerie fueron: «Cuidado con el rey de bastos. ¡Le amenaza un peligro!» Entonces la interrogué. Me aseguró que todo iba bien y no quiso confiarme nada. Pero ahora, después de lo ocurrido la noche pasada, estoy seguro de que Valerie vio a Reedburn en el rey de bastos y de que él era el hombre a quien temía.
El príncipe guardó brusco silencio.
-Ahora comprenderá mi agitación cuando abrí el periódico esta mañana. Suponiendo que en un ataque de locura, Valerie... pero no, ¡es imposible!, ¡no puedo concebirlo, ni en sueños!
Poirot se levantó del sillón y dio unas palmaditas afectuosas en el hombro del joven.
-No se aflija, se lo ruego. Déjelo todo en mis manos.
-¿Irá a Streatham? Sé que está en Daisymead, postrada por la conmoción sufrida.
-Iré en seguida.
-Ya lo he arreglado todo por medio de la Embajada. Tendrá usted acceso a todas partes.
-Marchemos entonces. Hastings, ¿quiere acompañarme? Au revoir, monsieur le Prince!

Mon Desir era una preciosa «villa» moderna y cómoda. Una calzada de coches conducía a ella y detrás de la casa tenía un terreno de varios acres de magníficos jardines.


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