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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.37

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Él estaba en la habitación de ella y estaban hablando. Oí lo que decían como le oigo ahora a usted. «Ese detective», estaba diciendo él, «ese tal Poirot que va a venir. Tenemos que hacer algo. Tenemos que quitarle de en medio lo antes posible.» Y entonces él, de un modo desagradable y siniestro, bajando la voz, le dijo: «Dime, ¿dónde lo has puesto?» Y ella le contestó: «En el pudding.» Ay, señor, el corazón me dio un salto tan grande que creí que nunca más me iba a volver a latir. Creí que querían envenenarle con el pudding. ¡No sabía lo que hacer! La señora Ross no se para a escuchar a las de mi condición. Entonces se me vino a la cabeza la idea de escribirle un aviso. Y lo escribí y se lo puse en la almohada, para que lo viera al ir a acostarse.
Annie se calló sin aliento. Poirot la observó gravemente durante unos momentos.
-Me parece, Annie, que ve usted demasiadas películas sensacionalistas -dijo por último-. ¿O es la televisión la que la afecta? Pero lo importante es que tiene usted buen corazón y cierto ingenio. Cuando vuelva a Londres le mandaré a usted, un regalo.
-Ay, gracias, señor. Muchas gracias, señor.
-¿Qué quiere usted que le regale, Annie?
-Cualquier cosa que quiera el señor. ¿Puedo pedir cualquier cosa?
-Dentro de unos límites razonables, sí-repuso Hércules Poirot con prudencia.
-Ay, señor, ¿me podría regalar una polvera? Una polvera elegante, de esas que se cierran de golpe, como la que tenía la hermana del señor Lee-Wortley, que no era su hermana.
-Sí -concedió Poirot-. Sí. Creo que eso podrá arreglarse.
Quedó pensativo un instante y después musitó:
-Es interesante. Estaba el otro día en un museo, observando unos objetos de Babilonia o de uno de esos sitios, de hace miles de años, y entre ellos había unos estuches para cosméticos. El corazón de la mujer no cambia.
-¿Cómo dice, señor? -preguntó con gran interés Annie.
-Nada -dijo Poirot-. Estaba reflexionando. Tendrá usted su polvera, hija mía.
-¡Ay, muchas gracias, señor! ¡Muchísimas gracias, señor!
Annie se alejó, extática. Poirot la miró, meneando la cabeza con satisfacción.
«¡Ah! -se dijo-. Ahora me voy. Ya no queda nada que hacer aquí.»
Un par de brazos le rodearon los hombros inesperadamente.
-Si se pone usted justo debajo del muérdago... -dijo Bridget.
Hércules Poirot se divirtió. Se divirtió muchísimo. Pasó unas Navidades estupendas.


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