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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.36

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-Sí, ande. Díganoslo.
-¡Ay, creo que me es imposible! ¡ Os vais a llevar una desilusión tan grande!
-Vamos, monsieur Poirot, díganoslo. ¿Cómo se enteró usted?
-Pues veréis. Estaba sentado el otro día en una butaca, junto a la ventana de la biblioteca, reposando después de tomar el té. Me quedé dormido y, cuando me desperté, estabais discutiendo vuestros planes por el lado de fuera de la ventana, muy cerca de mí, y la ventana estaba abierta.
-¿Eso es todo? -exclamó Colin, decepcionado- ¡Qué fácil!
-¿Verdad que sí? -dijo Hércules Poirot, sonriendo-. ¿Lo veis? Estáis decepcionados.
-Bueno -se consoló Michael-. Por lo menos ya lo sabemos todo.
-¿Sí? -murmuró Poirot, como para sí-. Yo no. Yo, que tengo que saber cosas, no lo sé todo.
Salió al vestíbulo, meneando ligeramente la cabeza. Quizá por vigésima vez, sacó del bolsillo un trozo de papel bastante sucio. «No coma nada del pudding de ciruelas. Una que le quiere bien.»
Hércules Poirot meneó la cabeza en actitud pensativa. Él, que podía explicarlo todo, ¡no podía explicar aquello! Era humillante. ¿Quién lo había escrito? ¿Por qué lo había escrito? Hasta que lo averiguara, no tendría un momento de tranquilidad. De pronto salió de su ensimismamiento y percibió un extraño sonido entrecortado. Bajó vivamente la vista. En el suelo, atareada con un aspirador de polvo y un cepillo, estaba una criatura de pelo rubio muy pálido, con una bata de flores. Miraba fijamente el papel, con unos ojos muy grandes y muy redondos.
-¡Ay, señor! --dijo esta aparición-. ¡Ay, señor! ¡Por favor, señor!
-¿Y usted quién es, mon enfant? -preguntó Poirot alegremente.
-Annie Bates, señor, para servirle. Vengo a ayudar a la señora Ross. No quería, señor, no quería hacer... hacer nada que no debiera hacer. Lo hice por su bien, señor. Por su bien.
En el cerebro de Poirot se hizo la luz. Extendió el brazo que sostenía el sucio trozo de papel.
-¿Escribió usted esto, Annie?
-No quería hacer ningún daño, señor. De verdad que no.
-Claro que no, Annie -Poirot le sonrió-. Pero cuénteme. ¿Por qué escribió usted eso?
-Pues, señor, fueron esos dos. El señor Lee-Wortley y su hermana. Claro que no era su hermana, estoy segura. ¡Ninguna de nosotras lo creyó! Y no estaba nada enferma. Todas nos dimos cuenta. Pensamos... pensamos todas, que allí había algo raro. Se lo voy a decir en dos palabras, señor. Estaba yo en el baño de ella, poniendo las toallas limpias, y escuché en la puerta.


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