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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.35

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Página 35 de 38



-Está usted en todo, ¿eh?
-En casi todo -corrigió Poirot, visiblemente complacido.
Pero Poirot no iba a salir del paso tan fácilmente. Cuando volvió al comedor, después de ayudar a la falsa señorita Lee-Wortley a subir al coche, Colin estaba esperándole.
Su cara juvenil mostraba una expresión preocupada.
-Pero, oiga, monsieur Poirot. ¿Qué ha pasado con el rubí? ¿Nos quiere hacer creer que dejó que se escapara con él?
Poirot puso una cara muy triste. Se atusó los bigotes. Parecía estar incómodo.
-Todavía lo recuperaré -dijo débilmente-. Hay otros medios. Todavía...
-¡Vamos! -exclamó Michael-. ¡Dejar que ese canalla se marche con el rubí!
Bridget fue más aguda.
-Está otra vez tomándonos el pelo -sugirió-. ¿Verdad que sí, monsieur Poirot?
-¿Hacemos un último truquillo? Mira en mi bolsillo de la izquierda.
Bridget metió la mano en el bolsillo. Dando un grito de triunfo la volvió a sacar y sostuvo en lo alto un gran rubí resplandeciente.
-¿Entendéis ahora? -explicó Poirot-. El que agarrabas tú con la mano era una imitación. Lo traje de Londres por si era necesario hacer una sustitución. ¿Comprendéis? No queremos escándalo. Monsieur Desmond tratará de desembarazarse del rubí en París, en Bélgica o donde tenga sus cómplices, ¡y entonces se descubrirá que la piedra no es auténtica! ¿Qué mejor solución? Todo termina bien. Se evita el escándalo; mi joven príncipe recupera su rubí, vuelve a su país, se casa y esperemos que sea muy feliz. Todo termina bien.
-Menos para mí -murmuró Sarah para sí.
Lo dijo en voz tan baja, que sólo Poirot lo oyó. El detective meneó la cabeza suavemente.
-Se equivoca usted al decir eso, mademoiselle Sarah. Ha ganado usted experiencia. Toda experiencia es valiosa. Le profetizo que le espera una vida de completa felicidad.
-Eso lo dice usted -dijo Sarah.
-Pero oiga, monsieur Poirot -Colin tenía el entrecejo fruncido-. ¿Cómo se enteró usted de la comedia que íbamos a representar?
-Mi profesión consiste en enterarme de las cosas -repuso Hércules Poirot, retorciéndose el bigote.
-Sí, pero no veo cómo pudo enterarse. ¿Se chi... se lo dijo alguien?
-No, no; nadie me lo dijo.
-¿Entonces cómo? Díganoslo.
-No, no -protestó Poirot-. No, no. Si os digo cómo llegué a esa conclusión, no le vais a dar ninguna importancia. ¡Es como cuando un prestidigitador muestra cómo hace sus trucos!
-¡Díganoslo, monsieur Poirot! ¡Ande! ¡ Díganoslo, díganoslo!
-¿De verdad queréis que os resuelva este último misterio?


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