El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.33
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-Exactamente -repuso Poirot-, y pueden ustedes imaginar el nerviosismo del señor Lee-Wortley al ver aquello. Eh bien, ¿qué ocurre entonces? El rubí va pasando de mano en mano, alrededor de la mesa. Al examinarlo yo, me las arreglo para deslizarlo disimuladamente en un bolsillo. Con indiferencia, como si no me interesara la piedra. Pero una persona por lo menos vio lo que yo había hecho. Estando yo en cama, esa persona registra mi habitación. Me registra a mí. Pero no encuentra el rubí. ¿Por qué?
-Porque -dijo Michael, conteniendo la respiración- se lo había dado usted a Bridget. Es lo que está usted queriéndonos decir. Y fue por eso por lo que..., pero no comprendo bien. Oiga, ¿qué es lo que ocurrió de verdad?
Poirot le sonrió.
-Vamos a la biblioteca -dijo-, miren por la ventana y les mostraré algo que puede que explique el misterio.
Abrió la marcha y los demás le siguieron.
-Contemplen de nuevo la escena del crimen -les invitó Poirot.
Señaló con el dedo por la ventana. De todos los labios salieron sonidos entrecortados. No había ningún cadáver sobre la nieve; no quedaba ninguna huella de la tragedia, a excepción de una buena masa de nieve revuelta.
-No habrá sido un sueño, ¿verdad? -preguntó Colin en voz muy baja-. ¿Se... se han llevado el cadáver?
-¡Ah! -repuso Poirot-. Ahí lo tienes: «El misterio del cadáver desaparecido.»
Hizo un movimiento con la cabeza y sus ojos chispearon.
-¡Dios mío! -exclamó Michael-. Monsieur Poirot, está usted..., no habrá usted..., ¡pero si nos está tomando el pelo a todos!
Los ojos de Poirot chispearon aún más.
-Es cierto, hijo mío, yo también he preparado una contratreta. ¡Ah, voilá, mademoiselle Bridget! ¿Espero que no te habrá hecho daño el estar tumbada en la nieve? No me perdonaría nunca si cogieras une fluxión de poitrine.
Bridget acababa de entrar en la habitación. Llevaba una falda gruesa y un jersey de lana. Estaba riéndose.
-He hecho que te subieran una tisane a tu habitación -dijo Poirot con severidad-. ¿Te la has tomado?
-¡Un sorbito me bastó! -dijo Bridget-. Estoy muy bien. ¿Lo he hecho bien, monsieur Poirot? ¡Qué horror, todavía me duele el brazo del torniquete que me hizo usted poner!
-Estuviste espléndida, hija mía -dijo Poirot-. Espléndida. Pero oye, todos los demás siguen en ayunas. Anoche fui a hablar con mademoiselle Bridget. Le dije que estaba enterado de su pequeño complot y le pregunté si estaba dispuesta a interpretar un pequeño papel.
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