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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.31

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No consiguió comunicar. Dijo que debían haber cortado los hilos y que lo único que se podía hacer era coger un coche e ir inmediatamente a buscar a la policía. Porque la policía...
Poirot hizo un gesto.
-¿Bridget? -Diana se quedó mirándole-. Pero..., ¿seguro que no es broma o algo por el estilo? He oído algo... anoche... Creí que iban a jugarle a usted una broma, monsieur Poirot.
-Sí -dijo Poirot-, ése era el plan, jugarme una broma. Pero vamos a la casa, vamos todos. Aquí nos vamos a morir de frío y no se puede hacer nada hasta que el señor Lee-Wortley vuelva con la policía.
-Pero, oiga -suplicó Colin-, no podemos..., no podemos dejar a Bridget aquí sola.
-No puedes hacer nada por ella con quedarte -respondió Poirot suavemente-. Vamos; es una tragedia, una gran tragedia, pero no podemos hacer nada por ayudar a mademoiselle Bridget. De modo que vamos a calentarnos y a tomar una taza de té o café.
Le siguieron obedientemente a la casa. Peverell iba a tocar el batintín en aquel momento. Si le pareció extraordinario que casi todo el mundo viniera de fuera y que Poirot se presentara en pijama por debajo del abrigo, no mostró el menor asombro. Peverell, a pesar de sus años, seguía siendo el perfecto mayordomo. Sólo veía lo que le pedían que viera. Se dirigieron al comedor y se sentaron. Cuando todos tuvieron ante ellos una taza de café, Poirot empezó a hablar.
-Tengo que contarles una pequeña historia -exclamó-. No puedo darles todos los detalles, eso no. Pero puedo contarles lo principal. Trata de un joven príncipe que vino a este país. Trajo consigo una joya famosa, para montarla de nuevo para la dama con quien iba a casarse, pero, por desgracia, primero hizo amistad con una señorita muy bonita. A esta señorita no le gustaba mucho el hombre, pero sí le gustaba la joya... tanto, que un día desapareció con esta prenda, que había pertenecido a la familia del príncipe a través de muchas generaciones. El pobre joven, como ven ustedes, se encuentra en un aprieto. Por encima de todo tiene que evitar el escándalo. Imposible acudir a la policía. Entonces acude a mí, Hércules Poirot. «Recupéreme mi histórico rubí», me dice. Eh bien!, la señorita tiene un amigo, y el amigo ha hecho negocios muy dudosos. Ha estado complicado en chantajes y en venta de joyas en el extranjero.


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