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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.26

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Sonrió para sí. Estaba sucediendo lo que él esperaba que sucediera. Recordó fugazmente la taza de café que Desmond Lee-Wortley le había ofrecido con tanta cortesía. Poco después, aprovechando que Desmond estaba de espaldas, Poirot había dejado la taza unos segundos sobre la mesa. Luego, al parecer, había vuelto a cogerla y Desmond había tenido la satisfacción de verle beber hasta la última gota de café. Una sonrisita subió al bigote de Poirot al pensar que no era él, sino otra persona, quien estaba durmiendo profundamente aquella noche.
«David, ese joven tan agradable -se dijo Poirot- está muy preocupado, es desgraciado. No le vendrá mal dormir bien de verdad una noche. Y ahora vamos a ver qué pasa.»
Se quedó muy quieto, respirando rítmicamente y lanzando de cuando en cuando un ronquido ligero, ligerísimo.
La puerta se entornó.
Una persona se acercó a su cama y se inclinó sobre él. Satisfecha, esa persona se volvió y se dirigió hacia el tocador. A la luz de una linterna pequeñísima, el visitante examinaba los objetos personales de Poirot, colocados ordenadamente sobre el tocador. Los dedos examinaron la cartera, abrieron con suavidad los cajones y continuaron después la búsqueda por los bolsillos de la ropa de Poirot. Por último, el visitante se acercó a la cama y, con mucha precaución, deslizó la mano bajo la almohada. Retiró la mano y permaneció un momento como si no supiera qué hacer a continuación. Anduvo por la habitación, mirando dentro de los objetos de adorno, y se dirigió al cuarto de baño contiguo, de donde regresó poco después. Luego, lanzando una débil exclamación de descontento, salió de la habitación.
-¡Ah! -susurró Poirot-. Te has llevado una desilusión. Sí, sí, una desilusión muy grande. ¡Bah! ¿Cómo pudiste imaginar siquiera que Poirot iba a esconder algo donde tú pudieras encontrarlo?
Luego, dándose la vuelta sobre el otro lado, se durmió plácidamente.


A la mañana siguiente le despertaron unos golpecitos suaves, pero urgentes, dados en su puerta.
-Qui est la? Pase, pase.
La puerta se abrió. Colin estaba en el umbral, jadeando y con el rostro encendido. Detrás de él se hallaba Michael.
-¡Monsieur Poirot, monsieur Poirot!
-¿Sí? -Poirot se sentó en la cama-. ¿Es el té de la primera hora? Pero si eres tú, Colin. ¿Qué ha ocurrido?
Colin quedó sin habla durante un momento. Parecía hallarse dominado por una emoción muy fuerte. En realidad, era el gorro de dormir que tenía puesto Hércules Poirot lo que le afectaba los órganos de la palabra.


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