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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.23

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«En Francia no tenemos nada parecido», escribieron. «Vale la pena hacer el viaje a Londres sólo para probar la variedad y las excelencias de los puddings ingleses.» Y, por encima de todos los puddings -continuó Poirot lanzando una especie de rapsodia- está el pudding de ciruelas de Navidad como el que hemos comido hoy. Era un pudding hecho en casa, ¿verdad? No comprado, hecho, quiero decir.
-Sí, señor; hecho en casa. Hecho por mí, con una receta mía, tal como lo llevo haciendo desde hace muchos años. Cuando vine, la señora Lacey dijo que encargaría un pudding a una tienda de Londres para ahorrarme trabajo. Pero yo le dije: «No, señora, se lo agradezco mucho, pero no hay pudding de tienda que pueda compararse con el hecho en casa.» Claro -dijo después la señora Ross, animándose con el tema, como una artista que era-, que fue hecho demasiado cerca del día. Un pudding de Navidad como es debido tenía que ser hecho con varias semanas de anticipación y dejarlo descansar. Cuanto más tiempo se conservan, siempre dentro de lo razonable, mejor están. Me acuerdo ahora de que cuando era niña estábamos esperando que en la iglesia, en determinado domingo, se recitase cierta oración, porque esa oración era, como si dijéramos, la señal de que había que hacer los puddings aquella semana. Y siempre los hacíamos. Oíamos la oración del domingo y aquella semana era seguro que mi madre hacía los puddings de Navidad. Y aquí, este año, debía haber sido lo mismo. Pero no se hizo hasta tres días antes, la víspera de llegar usted, señor. Ahora que, en lo demás, seguí con la costumbre antigua. Todos los de la casa tuvieron que venir a la cocina a batir una vez y pedir una cosa. Es una vieja costumbre, señor, y la he conservado.
-Sumamente interesante -dijo Hércules Poirot-. Sumamente interesante. ¿De modo que todos vinieron a la cocina?
-Sí, señor. Los señoritos más jóvenes, la señorita Bridget, el caballero de Londres que ha venido a pasar las fiestas, su hermana, el señorito David y la señorita Diana..., la señora Middleton, mejor dicho... Todos le dieron una vuelta al pudding.
-¿Cuántos puddings hizo usted? ¿Fue éste el único que hizo?
-No, señor. Hice cuatro. Dos grandes y dos más pequeños. El otro grande pensaba ponerlo el día de Año Nuevo y los dos más pequeños para el coronel y la señora Lacey cuando estén, como quien dice, solos, sin tanta familia.


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