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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.21

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-No pierda las esperanzas -dijo Michael-. Leí en el periódico el otro día que un hombre de noventa y cinco se casó con una chica de veintidós.
-Me das ánimos -contestó sonriendo Hércules Poirot.
De pronto, el coronel Lacey lanzó una exclamación. Con el rostro amoratado, se llevó la mano a la boca.
-Maldita sea, Emmeline! -bramó-. ¿Cómo le consientes a la cocinera poner un cristal en el pudding?
-¡Cristal! -exclamó la señora Lacey, atónita.
El coronel Lacey sacó de la boca la ofensiva sustancia.
-Me podía haber roto una muela -gruñó-. O habérmela tragado sin advertirlo y producirme una apendicitis.
Dejó caer el trozo de vidrio en la vasija de enjugarse los dedos, lo limpió y lo contempló unos segundos.
-¡Válgame Dios! -exclamó-. Es una piedra roja de uno de los broches de los petardos.
Lo sostuvo en alto.
-¿Me permite?
Con mucha habilidad, monsieur Poirot se extendió por detrás de su vecino de mesa, cogió la piedra de los dedos del coronel Lacey y la examinó con atención. Como había dicho el señor de la casa, era una enorme piedra roja, color rubí. Al darle vueltas en la mano, sus facetas lanzaban destellos. Uno de los comensales apartó vivamente su silla y en seguida la volvió a su sitio.
-¡Ahí va! -exclamó Michael-. ¡Qué imponente, si fuera de verdad!
-A lo mejor es de verdad -dijo Bridget, esperanzada.
-No seas bruta, Bridget. Un rubí de ese tamaño valdría miles y miles de libras. ¿Verdad, monsieur Poirot?
-Verdad, verdad -confirmó Poirot.
-Pero lo que yo no comprendo -dijo la señora Lacey- es cómo fue a parar al pudding.
-¡Ay! -exclamó Colin, concentrando su atención en el pudding que tenía en la boca-. Me ha tocado el cerdo. No es justo.
Bridget empezó a canturrear:
-¡Colin tiene el cerdo! ¡Colin tiene el cerdo! ¡Colin es el cerdito tragón!
-Yo tengo el anillo -dijo Diana con voz alta y clara.
-Suerte que tienes, Diana. Te casarás antes que ninguno de nosotros.
-Yo tengo el dedal -se lamentó Bridget.
-Bridget se va a quedar solterona -canturrearon los dos chicos-. Bridget se va a quedar solterona.
-¿A quién le ha tocado el dinero? -preguntó David-. En el pudding hay una auténtica moneda de oro de diez chelines. Me lo dijo la señora Ross.
-Creo que soy yo el afortunado -dijo Desmond Lee-Wortley.
Los dos vecinos de mesa del coronel Lacey le oyeron murmurar:


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