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El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.19

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Se ponen dentro cosas de broma, objetos sin importancia. Pero resulta muy divertido.
-Trabaja usted mucho para que reine la alegría en esta casa en Navidad --dijo Poirot-. Merece usted mi respeto.
Se llevó galantemente a los labios la mano de la señora Lacey.
-¡Hum! -gruñó el coronel Lacey después que se hubo marchado Poirot-. Un tipo muy florido. Pero se ve que te aprecia.
La dama le sonrió.
-¿Te has dado cuenta, Horace, de que estoy debajo del muérdago? -preguntó con gazmoñería de una muchacha de diecinueve años2.
Hércules Poirot entró en la habitación. Era un dormitorio grande, con abundancia de radiadores. Al acercarse a la gran cama de columnas vio un sobre encima de la almohada. Lo abrió y sacó de él un trozo de papel. En él, con letras mayúsculas, decía:

NO COMA NADA DEL PUDDING DE CIRUELAS.
UNA QUE LE QUIERE BIEN.

Hércules Poirot se quedó mirando el trozo de papel.
-Un jeroglífico -murmuró, alzando las cejas-, y completamente inesperado.


CAPITULO IV


La comida de Navidad empezó a las dos de la tarde y fue un verdadero banquete. Unos enormes troncos chisporroteaban alegremente en la gran chimenea y el chispoporroteo quedaba sofocado por la babel de lenguas hablando al mismo tiempo. Había sido consumida la sopa de ostras y dos enormes pavos habían hecho su aparición, volviendo a la cocina convertidos en esqueletos de sí mismos. El momento supremo había llegado. El pudding de Navidad fue llevado al comedor con toda la pompa. El viejo Peverell, temblándole las manos y las rodillas con la debilidad de sus ochenta años, no consintió que nadie lo llevara sino él. La señora Lacey se apretaba las manos, llena de ansiedad. ¡Un día de Navidad, seguro, Peverell caería difunto! Teniendo que escoger entre el riesgo de que cayera muerto o herir sus sentimientos de tal modo que prefiriera caer muerto a estar vivo, la señora Lacey había escogido hasta entonces la primera de las dos alternativas. En una bandeja de plata, el pudding de Navidad reposaba en toda su gloria. Un pudding enorme, con una ramita de acebo prendida en él como una bandera triunfal y rodeado de gloriosas llamas azules y rojas. Se oyeron gritos de alegría y de pasmo.
Una cosa había conseguido la señora Lacey: persuadir a Peverell de que colocara el pudding frente a ella, en lugar de pasarlo alrededor de la mesa.


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