El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.18
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Todo el mundo contribuyó a decorarlo, a poner ramas de acebo detrás de los cuadros y a colgar el muérdago en lugar conveniente en el vestíbulo.
-No tenía idea de que se practicaran todavía estas costumbres tan arcaicas -le dijo Desmond a Sarah en voz baja, sonriendo con desprecio.
-Siempre lo hemos hecho -respondió Sarah, a la defensiva.
-¡Vaya razón!
-¡Por favor, Desmond, no te pongas pesado! Yo lo encuentro muy divertido.
-¡Sarah, cariño, no es posible!
-Bueno, no..., puede que en el fondo no..., pero sí, en cierto modo, sí.
-¿Quién va a desafiar la nieve para ir a la misa de medianoche? -preguntó la señora Lacey a las doce menos veinte.
-Yo, no -respondió con presteza Desmond-. Vamos, Sarah.
Poniéndole una mano en el brazo, la condujo a la biblioteca, al lugar donde estaba el álbum de los discos.
-Todo tiene un límite, querida -gruñó Desmond-. ¡Misa de medianoche!
-Sí -repuso Sarah-. Sí, claro.
Con muchas risas y pateando el suelo para entrar en calor, casi todos los demás se pusieron los abrigos y salieron. Los dos chicos, Bridget, David y Diana emprendieron el paseo de diez minutos hasta la iglesia, bajo la nieve. Sus risas se fueron perdiendo a lo lejos.
-¡Misa de medianoche! -dijo el coronel Lacey con un bufido-. Nunca fui a una misa de medianoche en mi juventud. ¡Ah, usted perdone, monsieur Poirot!
Poirot agitó una mano en el aire.
-Nada, nada. No se preocupe por mí.
-En mi opinión, a todo el mundo debería gustarle el servicio de mañana -añadió el coronel-. Un buen servicio dominical. «Escucha, los ángeles cantan» y todos los viejos himnos cristianos. Y luego vuelta a casa, a la comida de Navidad. Es así como debe ser, ¿no te parece, Em?
-Sí, querido -repuso la señora Lacey-. Eso es lo que nosotros hacemos. Pero a la juventud le gusta el servicio de medianoche. Y, realmente, es una buena cosa que quieran ir.
-Sarah y ese individuo no quieren ir.
-En eso, querido, creo que te equivocas -dijo la señora Lacey-. Sarah sí quería ir, pero no le gustó decirlo.
-No comprendo que le importe la opinión de ese individuo.
-Es muy joven todavía -comentó su esposa plácidamente-. ¿Se va usted a la cama, monsieur Poirot? Buenas noches. Espero que duerma bien.
-¿Y usted, señora? ¿No se acuesta todavía?
-Todavía no. Aún tengo que llenar las medias. Ya sé que todos ellos casi son personas mayores, pero les gusta eso de las medias.
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