El pudding de navidad (Agatha Christie) - pág.12
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-Hemos gastado mucho dinero en hacer los arreglos necesarios. Vendimos unas parcelas de terreno para urbanización. Afortunadamente no se ve nada desde la casa; al otro extremo del parque. Era un terreno bastante feo, sin vista ninguna, pero nos lo pagaron muy bien. Con eso hemos podido hacer muchas mejoras.
-¿Y el servicio?
-Sí, bueno, pero no nos arreglamos tan mal como parece. Naturalmente, no se puede pretender estar atendido y servido como estaba uno acostumbrado a estarlo. Del pueblo vienen varias personas. Dos mujeres por la mañana, otras dos para hacer la comida de mediodía y el fregado, y varias más por la tarde. Hay mucha gente dispuesta a venir a trabajar unas horas al día. Por Navidad tenemos mucha suerte. La señora Ross viene siempre. Es una cocinera estupenda, de verdadera categoría. Se retiró hace unos diez años, pero viene a ayudar siempre que hace falta. Luego tenemos a nuestro querido Peverell.
-¿Su mayordomo?
-Sí. Lo hemos jubilado, con una pensión, y vive en la casita que está cerca de la casa del guarda, pero nos quiere tanto que se empeña en venir a servirnos por Navidad. La verdad es, monsieur Poirot, que me tiene asustadísima, porque es tan viejo y está tan tembloroso que estoy segura que si lleva algo pesado lo va a dejar caer. Es un verdadero suplicio el verle. Además, no está muy bien del corazón y tengo miedo de que trabaje demasiado. Pero le dolería mucho el que no le permitieran venir. Tuerce el gesto y hace una serie de ruiditos de desaprobación al ver cómo está la plata y, cuando lleva aquí tres días, todo vuelve a estar de maravilla. Sí. Es un amigo leal y muy querido -sonrió a Poirot-. Conque ya lo ve usted, estamos todos dispuestos para pasar unas felices Pascuas. Y con nieve, además -añadió mirando hacia la ventana-. ¿Ve? Está empezando a nevar. Ah, aquí vienen los niños. Voy a presentárselos, monsieur Poirot.
Poirot fue presentado Con la debida ceremonia. Primero a Colin y Michael, el nieto y su amigo, dos colegiales de quince años, agradables y corteses, uno moreno y otro rubio. Luego a la prima de los niños, Bridget, una chiquilla morena de la misma edad aproximadamente y con una vitalidad enorme.
-Y ésta es mi nieta, Sarah -terminó la señora Lacey.
Poirot miró con cierto interés a Sarah, atractiva muchacha de melena roja.
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